
fotografía de la caricatura publicada en la revista satírica La Flaca el 10 de julio de 1869. La embajada de España es una agencia de colocación de reyes que buscan empleo. A ella acuden Isabel II con el príncipe Alfonso (como un niño pequeño), el candidato carlista (con la boina roja) o el duque de Montpensier (acompañado de un perrito).
El 19 de septiembre de 1868, en la ciudad de Cádiz, se proclama el famoso manifiesto «España con honra», uno de los textos más decisivos de la historia contemporánea española. Redactado por el político y dramaturgo Adelardo López de Ayala y firmado por los principales generales comprometidos con el movimiento revolucionario, marcó el inicio de la insurrección que acabaría derribando a la reina Isabel II.
Ese mismo día se constituyó en el Ayuntamiento de Cádiz la Junta Revolucionaria Provisional, mientras el brigadier Juan Bautista Topete, al mando de la escuadra fondeada en la bahía, se sumaba al levantamiento poniendo toda la fuerza naval al servicio de la causa. La conjura, largamente gestada por liberales progresistas, unionistas descontentos y demócratas, se hacía por fin pública, con Cádiz —como tantas veces en la historia— convertido en foco de la revolución.
La proclama de los sublevados comenzaba con un grito que se haría legendario:
“¡Viva España con honra!”
En el texto se denunciaba la situación política y social del país bajo el régimen isabelino: La Constitución vulnerada. El sufragio corrompido por la amenaza y el soborno. La administración y la hacienda entregadas a la inmoralidad. La enseñanza tiranizada. La prensa amordazada.
España, concluía el manifiesto, vivía envilecida.
Frente a ello, los revolucionarios proponían la creación de un Gobierno provisional que representara a todas las fuerzas vivas del país, mantuviera el orden y convocara elecciones por sufragio universal para poner las bases de una nueva legalidad y regeneración política.
El manifiesto, firmado por generales como Juan Prim, Francisco Serrano, Topete, Nouvilas, Primo de Rivera, Dulce y Caballero de Rodas, llamaba al pueblo español a tomar las armas, no movido por la ira sino por la justicia. La revolución contaba con el apoyo de militares, clases medias, sectores liberales y también parte del clero.
Pronto, distintas guarniciones de la península se fueron sumando a la sublevación. El gobierno intentó reaccionar y reunir fuerzas leales, pero el choque definitivo tuvo lugar días después en la batalla del puente de Alcolea en Córdoba, donde las tropas gubernamentales fueron derrotadas. Isabel II huyó a Francia y comenzaba así el Sexenio Democrático o Revolucionario, un periodo de intensos cambios que abriría las puertas a la monarquía de Amadeo I, la Primera República y el efímero reinado de Alfonso XII.
La proclama gaditana de 1868 quedó en la memoria colectiva como el símbolo de una España que, entre convulsiones y esperanzas, buscaba honra, libertad y regeneración. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

El Gobierno Provisional, presidido por el general Francisco Serrano, que daría inicio al Sexenio Democrático.

La fragata Zaragoza tuuvo un papel destacado en la Revolusión de 1868 como buque insignia de los sublevados, apoyando el derrocamiento de la reina Isabel II

El barrio gaditano de La Viña durante el año 1868, según una ilustración del London News
Viñetas publicadas en la revista satírica la Flaca, durante el Sexenio Revolucionario






