
Fotografía de la Nao Victoria de Magallanes. Óleo sobre lienzo de Frederic Leonar que formo parte del Proyecto de Arte de Obras Públicas para la Subdivisión Jeffries Point de la Biblioteca Pública de Boston. En 1956, el Jeffries Point Branch se cerró, y cada mural fue dividido en múltiples pinturas y se trasladó a la Biblioteca de la Subdivisión de East Boston donde actualmente están expuestos.
El 20 de septiembre de 1519, desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda, comenzó una de las navegaciones más trascendentales de la humanidad. Tras retumbar los cañones de saludo y ondear la bandera de los Reyes Juana de Castilla y Carlos de Aragón, un pequeño grupo de cinco naves —Trinidad, San Antonio, Victoria, Concepción y Santiago— inició su navegación por el estuario del Guadalquivir. Bajo el mando del marino portugués al servicio de la Corona castellana, Fernando de Magallanes, partían hacia lo desconocido con un objetivo tan ambicioso como incierto: alcanzar las Islas de las Especias navegando hacia poniente, sin violar los territorios reservados a Portugal por el Tratado de Tordesillas.
La expedición fue bautizada como la “Armada de la Especiería”, también conocida como la Armada de Magallanes, y aunque partió con cinco barcos y unos 239 hombres, solo uno de ellos regresaría, completando lo que con el tiempo se conocería como la primera vuelta al mundo.
Tras innumerables penurias, motines, tormentas y pérdidas humanas y materiales, la nao Victoria, al mando de Juan Sebastián Elcano, logró regresar a Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522, casi tres años después de la partida. Apenas 18 supervivientes famélicos descendieron de su cubierta, pero habían escrito una página eterna: por primera vez un barco había circunnavegado la Tierra.
La nao fue conducida a Sevilla por quince hombres enviados por la Casa de la Contratación, remolcando la nave con cuerdas remontando el Guadalquivir. El 8 de septiembre de 1522, la ciudad recibió con asombro y júbilo aquella nave arrastra y exhausta, pero cargada de clavo, nuez moscada y otras especias que no solo cubrieron con creces los gastos de la expedición —a pesar de la pérdida de cuatro de los cinco navíos—, sino que confirmaron el valor estratégico de la empresa.
Por esta hazaña, el emperador Carlos V otorgó a Elcano un escudo de armas con la leyenda en latín “Primus circumdedisti me” (“Fuiste el primero en rodearme”), testimonio eterno de su logro.
La nao Victoria, navío de alto bordo y símbolo de la empresa, continuó navegando durante algunos años más, pero acabaría desapareciendo en alta mar durante un viaje de regreso a España desde Santo Domingo, sin que nunca más se volviera a saber de ella.
Aquel viaje cambió para siempre la visión del mundo: demostró en la práctica la redondez de la Tierra, abrió nuevas rutas oceánicas, impulsó el comercio global y marcó el inicio de la era planetaria. La Armada de la Especiería, nacida en las orillas del Guadalquivir, se convirtió así en mito fundacional de la modernidad. Soledad Carrasquilla Caballero. Sccc.-