[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Reina de la noche – Cosas de Cordoba

Reina de la noche

Nos saluda al llegar a la casa.

La planta que trepó hasta el cielo

No recuerdo exactamente desde cuándo tengo esta planta, pero veinte años no se los quita nadie. Ha crecido conmigo, discretamente, como esas presencias silenciosas que parecen formar parte de la casa desde siempre. En un principio vivía en una rinconera, orientada al este, donde todavía sobrevive la mata primigenia, envejecida pero firme, testigo de los primeros días de su arraigo. Allí recibía el sol de la mañana, pero quedaba protegida del levante, que suele ser traicionero. En verano, las parras del emparrado le ofrecían su sombra generosa, mitigando el calor, y durante un tiempo convivieron en armonía, compartiendo el muro, hasta que ella, osada y curiosa, decidió trepar hacia la azotea en busca de más luz y más cielo.

Recuerdo aquel día en que me sorprendió con una flor grande, roja, como una campana encendida. Fue un instante breve, casi fugaz, pero tan intenso que se grabó en mi memoria. No fue flor de un día, sino de un momento; un destello de belleza que parecía decirme que la vida también florece en los rincones más insospechados.

Pasó el tiempo y tuve que podarla, no por razones estéticas, sino por pura supervivencia doméstica: sus raíces aéreas se aferraban con fuerza a la pared, y su afán trepador la llevaba a enredarse en el aparato de aire acondicionado, como si quisiera abrazarlo y hacerlo suyo. Al cortar una de sus ramas, dejé un esqueje en el arriate de la entrada, con la intención de echarlo más tarde al compost. Pero la vida —que siempre se abre paso donde menos se espera— hizo su milagro. El esqueje echó raíces, creció, se abrazó a la valla de entrada y, poco a poco, fue trepando por las tejas de la cerca, extendiendo su verdor con una fuerza tranquila y persistente.

Esta nueva planta, hija de la primera, empezó a regalarnos flores blancas, espléndidas, puras, que se suceden desde la primavera hasta bien entrado el otoño. Rojas nunca más, como si hubiera decidido, con su propio criterio vegetal, cambiar de vestido para esta nueva etapa. Y así se convirtió en un ejemplar magnífico, que nos saluda cada vez que llegamos a casa, con sus hojas que se agitan al viento y sus flores que parecen sonreír al sol.

A veces pienso que esta planta es una metáfora viva del tiempo: empezó en un rincón olvidado, buscó la luz, se multiplicó, cambió de color y hoy es parte del hogar y de la memoria. Quizá, sin saberlo, nos enseña una lección sencilla: que todo lo que cuidamos con paciencia acaba floreciendo, aunque el color no sea el que esperábamos. Soledad carrasquilla Caballero. sccc.-