[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason.   KC de Osthofen – Cosas de Cordoba

  KC de Osthofen

Indicador del campo de concentración de Osthofen Kz .

El indicador del campo de concentración de Osthofen KZ, muy cerca de la ciudad bávara de Dachau, señala uno de los lugares más tempranos y menos conocidos del sistema represivo nacionalsocialista. Allí estuvieron prisioneros numerosos españoles por motivos políticos: hombres que, tras ser deportados fuera de las fronteras alemanas, regresaron para seguir combatiendo al nazismo. Muchos morirían después en el frente, en campos de trabajo o asfixiados en las cámaras de gas.

Viajábamos rumbo a Worms, la ciudad a orillas del Rin que guarda el único museo del mundo dedicado al Cantar de los Nibelungos. Para mí, volver a encontrarme con Sigfrido y los nibelungos era viajar de nuevo a la infancia: a esos cuentos de héroes y dragones, de princesas y dioses germánicos que alimentaron mis primeros sueños de leyenda.

Pero antes de llegar, siguiendo el camino marcado por el navegador, junto al cartel que anunciaba la ciudad de Dachau apareció otro: Osthofen – Konzentrationslager. En ese instante olvidé mitos, fábulas y quimeras. Abandoné al embaucador Sigfrido y giré el coche a la izquierda. El viaje cambiaba de tono.

Junto a una vía de tren solitaria apareció una antigua fábrica de pólvora. Era allí: el primer campo de concentración del estado de Hesse, activo desde 1933. Un lugar pequeño, concebido para unas cuatrocientas personas, al que llegaban –sin juicio previo– opositores políticos del recién instaurado régimen nacionalsocialista. Hombres hacinados, durmiendo sobre montones de paja infestada, soportando inviernos brutales y veranos insufribles. Las ventanas tapiadas, las órdenes gritadas, el olor a humedad y miedo…

El patio donde se repartía el trabajo se conserva todavía, igual que los barracones y las oficinas de los jefes del campo. Allí se alzan hoy varias esculturas: figuras angulosas, cuerpos tensos, rostros que todavía sostienen el peso del horror. Siluetas que parecen avanzar contra un viento que las empuja hacia atrás. En ellas caben la humillación, la tortura y la extenuación… pero también la dignidad obstinada de quienes resistieron.

Porque hubo supervivientes. Sus nombres han quedado como símbolos, como heridas abiertas que la memoria se empeña en no cerrar.

Osthofen no fue un campo para judíos, ni para gitanos, ni para prisioneros de guerra. Fue, en su origen, un campo para alemanes que no aceptaban el nuevo régimen, para sindicalistas, comunistas, socialdemócratas, intelectuales, religiosos críticos y opositores de toda condición. Y también, entre ellos, estuvieron españoles: algunos detenidos en Alemania por actividades políticas; otros, refugiados o exiliados tras la caída de la República.

Muchos fueron liberados después de ser juzgados. Otros recibieron penas de prisión o trabajos forzados. Varios reincidieron en su militancia y acabaron fusilados. Pero hay un dato que conmueve especialmente:

Algunos de los que salieron vivos de Osthofen viajaron después a España para luchar en nuestra Guerra Civil, alistándose en las Brigadas Internacionales para defender a la República del avance fascista.

Hombres que conocieron el terror nazi y que decidieron combatirlo dondequiera que creciera, incluso al precio de su propia vida.

Por eso escribo esto: porque frente a Sigfrido, que vencía dragones imaginarios, en Osthofen hubo hombres reales que combatieron monstruos verdaderos. Y su memoria, a diferencia de los mitos, sigue siendo necesaria hoy más que nunca.

Entre los españoles destacados que pasaron por Osthofen se encontraban Francisco Javier de Borbón-Parma, líder del carlismo, y el coronel republicano Eleuterio Díaz-Tendero Merchán. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.

Unas de las cuatro esculturas de gran formato existentes en el patio del campo de concentración de Osthofen.

Nombres de algunas personas que pasaron por el KZ