[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. El barquero de Cantillana – Cosas de Cordoba

El barquero de Cantillana

Fotografía en una plaza en Cantillana de una barca de cemento navega sobre empedrado. Alegoría o tal vez profecía de la barca de Cantillana y del Rio Guadalquivir.

Si Francisco, conocido como Curro, deseara navegar por el Guadalquivir con la barca de su padre, Vicente López Santos, ya le sería imposible. El río que antaño dio vida y trabajo a los barqueros de Cantillana se ha convertido en un cauce de fango y aguas esquivas, donde ya no se necesita quien guíe una embarcación entre sus orillas. La estampa de una barca varada en la sequedad del empedrado, como la que hoy adorna una plaza de Cantillana, se erige en una alegoría, quizás profética, del destino de su río y de su gente.

Sin embargo, Francisco López Jiménez, más conocido como El Barquero de Cantillana, no fue solo un hombre del agua, sino también de los caminos, las sierras y las revueltas. Nacido en Cantillana en 1819, su vida estuvo marcada por la violencia de su tiempo, por las luchas carlistas y el bandolerismo, hasta su muerte el 2 de noviembre de 1849 en la hacienda de Fuenteluegan, provincia de Sevilla, abatido a tiros por la recién creada Guardia Civil.

Conocido por algunos como Andrés Francisco López Jiménez y por otros como Francisco Antonio Jiménez Ledesma, su historia se entrelaza con la leyenda y los relatos populares, que lo vinculan tanto a la resistencia carlista como a los últimos grandes bandoleros de Andalucía.

Su final, como el de tantos fuera de la ley, fue celebrado por las autoridades. Por su captura y muerte, la reina Isabel II premió a los guardias Francisco del Castillo, Francisco Lasso y Salvador Santipérez, quienes participaron en su cacería. Sin embargo, su tumba sigue siendo un misterio envuelto en la bruma del tiempo.

La leyenda sitúa su sepultura en Posadas, Córdoba, en la Parroquia de Santa María de las Flores, donde una lápida sin inscripción resguarda sus restos. Pero la conexión entre el Barquero de Cantillana y la provincia de Córdoba no termina ahí.

Se cuenta que el alcalde de Posadas había organizado una banda de bandoleros, cuyos crímenes eran atribuidos a Curro y su gente. Harto de ser el chivo expiatorio de aquellas fechorías, Curro Jiménez tomó la justicia por su mano y ahorcó al alcalde, colgándolo del balcón del antiguo ayuntamiento.

Este acto consolidó su leyenda y su imagen de bandolero justiciero, un hombre que, según algunos, robaba a los ricos y ayudaba a los pobres, y que según otros, simplemente luchaba por su propia supervivencia en tiempos convulsos.

Más allá del bandolerismo, el Barquero de Cantillana tuvo vínculos con el movimiento carlista, una facción monárquica que defendía los derechos al trono de Carlos María Isidro de Borbón frente a Isabel II. Los carlistas encontraron en Andalucía un refugio y un caldo de cultivo para la revuelta, con numerosos guerrilleros y bandoleros poniéndose al servicio de la causa.

Curro y su banda se unieron a la lucha, quizás más por conveniencia que por ideología, pues en aquellos tiempos los límites entre bandoleros y guerrilleros eran difusos. Sin embargo, su implicación en la contienda selló su destino, convirtiéndolo en enemigo del gobierno y en objetivo de la Guardia Civil, que no descansó hasta darle caza.

Hoy, en una plaza de Cantillana, una barca de cemento descansa sobre el empedrado, inmóvil, atrapada en tierra firme. Es una imagen poderosa, una metáfora del destino del río y de quienes, como Curro, vivieron en sus márgenes y forjaron su historia entre sus aguas y sus caminos. ¿Es una alegoría del paso del tiempo, del fin de una era? ¿O quizás una profecía del destino inexorable del hombre que, como el río, ya no puede seguir su curso?. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

ç