
Fotografía del encuentro entre Rafael Alberti y José María Pemán en la plaza de San Antonio, durante el Carnaval de Cádiz de 1981. Fue realizada Joaquín Hernández Kiki.
El abrazo que unió a las dos Españas en Cádiz
Ninguna historia tan cierta, tan luminosa y a la vez tan humana como la que ocurrió aquella tarde gaditana, en la plaza de San Antonio, cuando el poeta del exilio, Rafael Alberti, regresó a su tierra no disfrazado, sino con el alma al aire y el cuerpo vestido de Marinero en Tierra, el mismo uniforme poético con el que se había dado a conocer al mundo. No era un disfraz de Carnaval, sino una reivindicación del origen, de la memoria, de la infancia que nunca se va del todo.
Corría el Carnaval de Cádiz y Alberti, exiliado durante décadas por su militancia comunista y su lealtad a la República, había sido invitado a pronunciar el pregón. Y lo hizo como solo él sabía hacerlo: con la voz del pueblo, el compás del sur y el verbo encendido. Las coplas de la calle se fundieron con los versos del poeta, y en el aire se mezclaban papelillos, serpentinas y alguna que otra lágrima disimulada bajo la máscara de la fiesta.
En una casa cercana, escuchaba atento José María Pemán, enfermo ya, vencido por el tiempo, pero no por el rencor. El escritor monárquico, símbolo durante décadas de la otra España, la del nacionalcatolicismo, no pudo resistir la llamada del arte ni del afecto. Su familia, consciente de su carácter cordial y de sus veleidades liberales, lo había advertido con firmeza:
—Papá, por nada del mundo salgas a saludar a Alberti, que te conocemos…
Pero Cádiz tiene sus propias leyes, y en esa ciudad donde el viento arrastra cantares y los recuerdos se cruzan en las esquinas, Pemán salió a la puerta no para ver pasar al rival ideológico, sino para abrazar al amigo de juventud, al colega de letras, al compatriota de la palabra.
Se miraron, se reconocieron. Alberti, que venía de un exilio largo como una vida, y Pemán, que había envejecido al abrigo del poder pero sin perder del todo la ternura. Y entonces ocurrió lo que nadie esperaba y que aún hoy parece leyenda: se abrazaron. Un gesto breve, pero inmenso.
Pemán, con una media sonrisa fatigada, le dijo a Rafael: —Como poeta, Rafael, no hay color…
Y es que no lo había. En ese momento, no había colores, ni morados ni gualdos, ni banderas enfrentadas. Solo había dos hombres mayores, vencidos ambos por sus propios naufragios, que en medio del estruendo carnavalesco se reconocían en la patria común de la poesía.
Los pitos de caña sonaron, sí, pero esa vez no para la burla, sino para acompañar, como una marcha popular, aquel abrazo que duró lo que dura la eternidad en una ciudad de viento y sal. Aquel día, la luz del faro de la Caleta, que todo lo ha visto, le contó al periodista Antonio Burgos que en Cádiz terminaron las dos Españas. Aunque solo fuera por un instante, aunque solo fuera en una plaza festiva, aunque solo fuera entre versos y papelillos… ese día venció el arte, venció el abrazo. Soledad Carrasquilla caballeri. sccc.-