
fotografía del sarcófago del rey Fernando IV de Castilla y León, en el presbiterio en San Hipólito Córdoba.
La Real Colegiata de San Hipólito Córdoba fue fundado como Monasterio por Alfonso XI en 1343, en agradecimiento por su victoria en la Batalla del Salado y destinarla a Panteón Real.
La leyenda del rey Fernando IV, el Emplazado
En los albores del siglo XIV, el joven rey Fernando IV de Castilla, apodado más tarde el Emplazado, que habia nacido en Sevila, gobernaba los reinos de Castilla y León en tiempos de guerra casi continua con el sur y de pugnas internas entre los poderosos linajes de la nobleza.
En el año 1312, mientras se encontraba en Martos, en tierras del reino de Jaén —plaza fuerte fronteriza contra Al-andalus— se presentaron ante él graves acusaciones contra dos hermanos de la familia Carvajal, Pedro y Juan Alfonso, escuderos de confianza que acompañaban su corte. Se les imputaba haber dado muerte en Palencia al caballero Gómez de Benavides, hombre cercano al rey y muy estimado por él. Los indicios, según se decía, apuntaban a ellos, aunque no había prueba cierta que confirmase la autoría del crimen.
El rey, irritado por la pérdida de su fiel caballero y queriendo dar ejemplo de rigor, ordenó sin mayor dilación que los Carvajales fueran apresados y condenados a muerte. El suplicio elegido fue el despeñamiento desde la Peña de Martos, un lugar temido, pues allí se ejecutaba a traidores y criminales arrojándolos desde lo alto de su abrupto peñón.
Antes de ser llevados al a la muerte, los hermanos, firmes y serenos, se declararon inocentes. Ante la multitud congregada, elevaron su voz:
“Dios es testigo de que no cometimos el crimen del que se nos acusa. Si el rey nos manda despeñar sin justicia, le emplazamos a que comparezca con nosotros, dentro de treinta días, ante el tribunal de Dios, donde se conocerá la verdad”.
Cumplida la sentencia, los Carvajal fueron despeñados desde la roca, y su sangre tiñó las piedras del peñón. El pueblo, impresionado, no pudo olvidar las solemnes palabras del emplazamiento.
El tiempo corrió, y el rey Fernando se trasladó a Jaén, ciudad donde acostumbraba a residir. Se decía que, al acercarse el plazo de los treinta días, el monarca comenzó a inquietarse. Dos jornadas antes de cumplirse, cayó enfermo tras una comida, y el día señalado por los ajusticiados, 7 de septiembre de 1312, quiso partir hacia Alcaudete, villa que su hermano el infante don Pedro había arrebatado a los nazaríes.
Sin embargo, después de comer, el rey se acostó a dormir la siesta. Cuando fueron a despertarle sus servidores, lo hallaron muerto en la cama, sin que nadie lo viera expirar. Tenía apenas 26 años.
El estremecimiento recorrió todo el reino. Muchos recordaron entonces las palabras de los Carvajal y el terrible emplazamiento. No hubo dudas: la muerte del rey no era casual, sino un juicio divino por haber condenado a inocentes sin pruebas.
Desde aquel día, Fernando IV pasó a la memoria colectiva con el sobrenombre de “el Emplazado”, el rey al que Dios llamó a rendir cuentas por la sangre vertida sin culpa.
El suceso fue recogido por cronistas medievales y por autores posteriores, como un ejemplo de la justicia implacable de Dios frente a la justicia humana, siempre falible .Como Isaias see advertía así a los jueces y a los reyes: “Mucho se deben atentar los jueces antes que procedan a ejecutar justicia, mayormente de sangre, hasta saber verdaderamente el hecho por que la justicia se deba ejecutar. Porque quien derramare sangre inocente, Dios se la demandará”.
El cuerpo del rey Fernando IV fue sepultado en la Catedral de Jaén, aunque años más tarde sus restos fueron trasladados a la Capilla Real de la Catedral de Córdoba fundada por Enrique II de Castilla aunque en la actualidad los restos mortales de ambos monarcas reposan a la Real Colegiata de San Hipólito en Córdoba, Mandados trasladar por Felipe V.
La Peña de Martos, por su parte, sigue siendo recordada como el escenario de este episodio legendario. Allí, entre la historia y el mito, se forjó la leyenda del rey emplazado por dos hombres que, clamando su inocencia, dejaron en la memoria de Castilla una lección eterna sobre justicia y soberbia. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Los restos de Fernando aún guarda el eco de aquel emplazamiento eterno.

Últimos momentos de Fernando IV el Emplazado o Los Carvajales. Óleo sobre lienzo de José Casado del Alisal que se encuentra en el Palacio del Congreso.

Estatua de Fernando IV de Castilla y Leon el Emplazado. Se encuentra, en el Paseo de la Argentina de los Jardines del Buen Retiro, en Madrid (España). Esculpida en piedra blanca por Francisco de Vôge.

María de Molina y Fernando IV en las Cortes de Valladolid. Oleo de Antonio Gisbert que se encuentran en el Palacio de las Cortes