
El 1 de agosto de 1900 fallecía en Córdoba Rafael Molina Sánchez, universalmente conocido como «Lagartijo», la misma ciudad que lo había visto nacer el 27 de noviembre de 1841, en el popular barrio del Matadero. Con su muerte desaparecía no solo el torero más célebre del siglo XIX, sino también uno de los cordobeses más admirados y queridos de su tiempo, un hombre cuya figura trascendió el ámbito taurino para convertirse en símbolo de toda una época.
Apodado «El Gran Califa», Lagartijo fue reconocido como el primero de los Cinco Califas del Toreo de Córdoba, una distinción honorífica creada por el periodista y cronista Mariano de Cavia, «Sobaquillo», quien quiso destacar la extraordinaria supremacía que alcanzó el diestro cordobés. Desde entonces, su nombre quedó unido para siempre a la historia de la tauromaquia española, convirtiéndose en el primero de una dinastía simbólica integrada posteriormente por Guerrita, Machaquito, Manolete y El Cordobés.
Lagartijo nació en el seno de una familia profundamente vinculada al mundo taurino. Su padre, Manuel Molina, conocido como «Niño de Dios», era banderillero, mientras que su tío José Rodríguez «El Poleo» también gozaba de prestigio en los ruedos.
No es extraño, por tanto, que desde niño sintiera fascinación por los toros. Las crónicas cuentan que, con apenas nueve años, ya toreó un becerro, dejando entrever unas cualidades excepcionales que pronto llamarían la atención de los aficionados cordobeses.
Su debut oficial tuvo lugar en Córdoba el 18 de septiembre de 1861, actuando como banderillero. Poco después pasó a formar parte de las cuadrillas de los hermanos Carmona, recorriendo plazas de España y Portugal, donde comenzó a labrarse una sólida reputación por su serenidad, elegancia y dominio de las banderillas.
El 29 de septiembre de 1865, en la plaza de toros de Úbeda, recibió la alternativa de manos de Antonio Carmona «El Gordito», lidiando un toro de la marquesa viuda de Ontiveros.
Tan solo unas semanas más tarde, el 15 de octubre, confirmó la alternativa en la plaza de Madrid con el toro «Barrigón», de doña Gala Ortiz, actuando como padrino Cayetano Sanz.
Aquella tarde supuso su consagración definitiva. El público madrileño quedó fascinado por la elegancia de su toreo y por un soberbio espadazo que anunciaba el nacimiento de una nueva figura.
Con Lagartijo comenzaba una nueva manera de entender el toreo: menos basada en el arrojo temerario y más en la inteligencia, la colocación y el dominio de los terrenos del toro.
Si existe una rivalidad comparable a las grandes confrontaciones deportivas modernas, esa fue la protagonizada por Lagartijo y Frascuelo.
Durante más de veinte años dividieron la afición española entre lagartijistas y frascuelistas, protagonizando centenares de tardes memorables.
Sus primeros grandes enfrentamientos tuvieron lugar en Granada, en junio de 1868, iniciándose una competencia artística que marcaría una época.
Dentro del ruedo competían con enorme intensidad; fuera de él se profesaban un profundo respeto y una sincera amistad.
Ambos protagonizaron suertes que hoy forman parte de la historia del toreo, como citar al toro sentados sobre una silla con las banderillas en la mano, demostrando una sangre fría que asombraba incluso a los aficionados más veteranos.
Lagartijo fue un torero extraordinariamente completo.
Destacaba especialmente como banderillero, considerado por muchos el mejor de su tiempo, pero también sobresalía con el capote y manejaba la muleta con una mezcla de elegancia, inteligencia y naturalidad que marcó escuela.
Su concepto del toreo estaba presidido por la estética, la serenidad y el temple.
Con la espada, sin embargo, generó siempre división de opiniones.
Mientras sus partidarios defendían su enorme capacidad técnica, sus detractores criticaban su característica “media lagartijera”, una estocada corta ejecutada frecuentemente al volapié, que dio origen a una expresión todavía conocida en el vocabulario taurino.
Pocas figuras alcanzaron la popularidad de Rafael Molina.
Madrid llegó a rendirse a sus pies.
Las plazas se llenaban únicamente para verlo torear y los periódicos dedicaban páginas enteras a comentar sus actuaciones.
Fue posiblemente el primer gran fenómeno mediático de la tauromaquia española.
Participó en festejos en Portugal y Francia, convirtiéndose en uno de los principales embajadores internacionales del toreo español durante la segunda mitad del siglo XIX.
A diferencia de muchos personajes públicos de su tiempo, Lagartijo nunca escondió sus convicciones políticas.
Era conocido por su simpatía hacia el republicanismo y no dudaba en manifestarla públicamente.
La anécdota más célebre tuvo lugar en 1889, durante la corrida celebrada en París con motivo de la Exposición Universal, la misma que dio a conocer al mundo la recién inaugurada Torre Eiffel.
En aquella corrida asistía la reina Isabel II, exiliada en Francia tras la Revolución de 1868.
Cuando desde el callejón le sugirieron que brindara uno de sus toros a la antigua soberana, Lagartijo respondió con firmeza:
“No se lo brindo porque soy republicano. ¡He dicho y no repito!”
La frase pasó inmediatamente a formar parte del anecdotario taurino y consolidó su fama de hombre coherente, capaz de mantener sus principios incluso ante una reina.
La fortuna acompañó durante años al torero cordobés.
Sin embargo, nunca fue un hombre preocupado por acumular riquezas.
Se hizo célebre por su enorme generosidad.
Ayudó económicamente a numerosos vecinos necesitados, colaboró en obras benéficas y costeó diversas actuaciones públicas en Córdoba.
Entre ellas destacó la construcción de la conocida Cerca de Lagartijo, destinada a aliviar las dificultades que sufrían muchos habitantes de los barrios más humildes.
Su desprendimiento dio origen al viejo dicho taurino:
“Quien guarda el dinero no es torero.”
Y, efectivamente, Lagartijo llegó a la vejez sin apenas patrimonio, después de haber repartido gran parte de cuanto había ganado en los ruedos.
Pocos días después de su fallecimiento comenzó a circular por Córdoba un curioso rumor.
Se decía que el número 00019, del que era abonado desde hacía años, había resultado premiado en el sorteo de la Lotería Nacional.
Familiares y amigos registraron la vivienda buscando el décimo.
No faltó quien aseguró que había sido enterrado con él y que incluso se pensó en abrir la tumba para recuperarlo.
Con el tiempo pudo comprobarse que el número únicamente había obtenido una modesta pedrea, pero la leyenda dio origen a una expresión popular que aún hoy se recuerda:
“Tienes más suerte que Lagartijo, que hasta muerto le tocó la lotería.”
Cuando falleció el 1 de agosto de 1900, Córdoba despidió a uno de sus hijos más ilustres.
Miles de personas acompañaron el cortejo fúnebre de quien había llevado el nombre de la ciudad por toda España.
Con él desaparecía el gran renovador del toreo decimonónico, el hombre que abrió el camino hacia la tauromaquia moderna y cuya influencia llegaría hasta figuras como Guerrita, Machaquito y Manolete.
Más de un siglo después, Rafael Molina “Lagartijo” continúa siendo una de las personalidades más relevantes de la historia de Córdoba. No solo fue un torero excepcional, sino también un personaje popular, generoso y fiel a sus ideales, cuya figura sigue ocupando un lugar de honor entre los grandes nombres de la cultura y la historia cordobesas. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Busto de Lagartijo del Coso de los Califas de Córdoba.
Rafael Molina «Lagartijo» tiene hoy un busto en la plaza de toros de Córdoba, otro en la calle Osario, donde vivió, y un mausoleo en el Cementerio de la Salud, obra del cordobés Mateo Inurria Uriarte, padre del escultor Mateo Inurria Lainosa.

Lagartijo en su casa de la calle Osario, con su hermana y su sobrina

Lagartijo cortándose la coleta

Cortijo llamado la Cerca de Lagartijo. fue construido en 1925 por el torero, para servir de finca de recreo, dotada, a la vez, de instalaciones para explotación de ganado y de cultivos en secano.

Mausoleo de Lagartijo en el cementerio de la Salud. Obra de Mateo Inurria

Ángel de la tumba de Lagartijo

Busto de Lagartijo en la calle Osario

En la primera corrida que ce celebraba en la plaza de toros Rue Pergolèse, en Paris con ocasión de la Exposición Universal de1889, en la que torre Eiffel represento a Francia, Rafael Molina Sánchez, “Lagartijo” se negó a brindar un toro a la reina Isabel II que se encontraba en la plaza, diciéndole a los allegados en el callejón: “Que no se lo brindo porque soy republicano ¡He dicho y no repito!”
Era consecuente con su manera de pensar dentro y fuera de la plaza, alardeaba de republicanismo.

«Lagartijo» moría el día 1 de agosto del año 1900. La ciudad quedó conmocionada por la muerte del Primer Califa del toreo y se congregó una multitud en los alrededores de su casa para acompañar su cuerpo hasta el cementerio de La Salud donde fue depositado, (como era costumbre hacer con los cadáveres en Córdoba en los meses de verano) hasta el día siguiente, que La comitiva transporto los restos del torero por la ciudad, incluyendo la llamada entonces Plaza de Cánovas del Castillo, hasta la iglesia de San Miguel para su funeral, acompañado de más de 3.000 personas ( Córdoba tenía entonces algo más de 40.000 habitantes ) amigos, admiradores y vecinos, lo escoltar hasta el cementerio de la Salud.
Al velatorio acudió Mateo Inurria, (que sacó su mascarilla mortuoria) y Julio Romero de Torres, un joven apenas unos meses casados, que acaba de conoce a Amalia Fernández Heredia, la modelo de Musa gitana. sccc
Poesía a Lagartijo de Antonio Fernández Grilo:
Le canta el pueblo en su cantar sonoro,
le adora como a Dios la tierra baja,
no hay lienzo en marco ni viñeta en caja
que no ostente su busto con decoro.
Rey de la arena, vencedor del toro,
nadie en valor ni garbo le aventaja,
y lleva entre los pliegues de su faja
la Virgen pura cincelada en oro.
Del Pretorio nació, junto a la ermita,
y es tan profundo el culto verdadero
que le rinde mi Córdoba bendita,
que cuando al redondel sale el primero,
la torre de la arábiga Mezquita
parece que se viste de torero.

