
Princesa navarra en la corte de Córdoba, abuela paterna de Abderramán III,
Onneca Fortúnez, también conocida como Durr (در), que en árabe andalusí significa «perla», fue una figura clave en la historia de la península Ibérica al ser un vínculo entre la casa real de Navarra y la dinastía Omeya de Córdoba. Hija de Fortún Garcés de Pamplona y su esposa Oria, Onneca contrajo matrimonio con el príncipe Abd Alláh de Córdoba, con quien tuvo un hijo, Muhammad, y dos hijas, al-Baha’ y Fatima.
Este matrimonio supuso una alianza política entre dos casas gobernantes de la península, la dinastía Íñiga de Pamplona y la Omeya de Córdoba, lo que inicialmente llevó a una colaboración estrecha entre ambos territorios. No obstante, los efectos políticos de esta unión se hicieron sentir mucho después de la muerte de Onneca, cuya fecha exacta sigue siendo desconocida.
Su padre, Fortún Garcés, heredero al trono de Pamplona, fue capturado en el año 860 en el pueblo de Milagro durante una expedición punitiva llevada a cabo por el emir de Córdoba, Muhammad I. Este hecho marcó un punto de inflexión en la historia de la familia real pamplonesa. Fortún Garcés, conocido como al-Anqar («el tuerto»), fue llevado a Córdoba, donde pasó dos décadas en un «cautiverio dorado», una práctica común en la estrategia política de los Omeyas para neutralizar a los líderes cristianos mientras los mantenía en la esfera cultural y política andalusí. Durante este periodo, Onneca lo acompañó o lo siguió hasta la corte cordobesa, donde se convirtió al islam y fue dada en matrimonio a Abd Alláh en el año 864.
La conversión de Onneca al islam fue probablemente una estrategia política, más que una elección estrictamente personal. En el contexto de al-Andalus, la integración en la aristocracia musulmana requería la adopción del islam, y como madre del heredero al trono, su posición dentro del harén principesco dependía de su asimilación cultural. Su permanencia en Córdoba consolidó su influencia, pero también la alejó de sus orígenes navarros.
Cuando Fortún Garcés regresó a Pamplona en 882, Onneca ya estaba plenamente integrada en la sociedad andalusí. Sin embargo, tras la muerte de su hijo Muhammad en 891 asesinado por al-Mutarrif su medio hermano. (Existen discrepancias entre los historiadores sobre si al-Mutarrif actuó impulsado por su propia cuenta o si fue instigado por su padre.) regreso a Pamplona. Abd-ar-Rahman, el hijo de Muhammad había nacido tres semanas antes del asesinato de su padre, fue quien sucedió a su abuelo Abd Alláh como emir de Córdoba. Conocido como el hijo del asesinadito. Abd-ar-Rahman III, posteriormente se proclamó califa., Onneca fue abuela por parte paterna de Abd-ar-Rahman III, quien heredó de ella y de su madre Muzna de raíces francas, rasgos tales como ojos azules y pelo rojizo claro
Onneca Fortúnez» o «Iniga Fortúnez» o»Durr» dejó Córdoba y a sus hijos y volvió a Iruña con su padre, donde se volvió a casar con su primo, Aznar Antso Larraungoa («Aznar Sánchez de Laro») y tuvo con él un hijo, Antso y dos hijas, Tota y Antsa.
La reina Toda Aznárez desempeñó un papel crucial en las relaciones entre Pamplona y el Califato de Córdoba. En el año 958, buscando apoyo para su nieto Sancho I de León, quien había sido destronado, Toda viajó a Córdoba para solicitar ayuda a su sobrino, el califa Abd-ar-Rahman III. Esta alianza política demuestra la persistencia de los lazos familiares forjados por Onneca Fortúnez y su impacto en la historia de la península.
La información sobre la vida de Onneca es fragmentaria y proviene principalmente de dos fuentes: el Códice de Roda y las crónicas de historiadores andalusíes, quienes se refieren a ella con su nombre islámico, Durr (در). A través de estos relatos, se puede reconstruir la historia de una mujer que desempeñó un papel fundamental en la historia de al-Andalus y del reino de Pamplona, tejiendo lazos políticos y dinásticos que influirían en los acontecimientos de la península durante décadas. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Pintura al óleo de Oswald Hornby Joseph Birley Birley, retratista inglés de principios del siglo XX. Pintó este retrato de Clara Fargo Thomas en 1923 mientras asistía a un baile de disfraces. Sus ropajes fueron tan exitosos que le pidieron que posara para un retrato