Antonio de León González de Canales Díaz-Carrasco y Lara

Diego Antonio de León González de Canales nació en Córdoba el 26 de junio de 1755, en la calle Duque de Hornachuelos, perteneciente a la collación de Santo Domingo de Silos. Miembro de la nobleza cordobesa, desarrolló una dilatada trayectoria al servicio de la Corona española. Falleció en su ciudad natal el 29 de junio de 1838 y fue sepultado en la iglesia de El Salvador y Santo Domingo de Silos, donde aún reposan sus restos.
Su carrera militar cobró protagonismo durante el ataque inglés a Cádiz en 1797, donde combatió contra la escuadra del almirante Nelson. Su valor fue reconocido por el teniente general conde de Cumbre Hermosa, quien gestionó para él el título de Guerrero Grande de Lara y el marquesado de Atalayuelas.
Durante la Guerra de la Independencia, se consolidó como héroe nacional. Al mando del regimiento provincial de Bujalance, participó destacadamente en la batalla de Bailén, la primera gran victoria de las tropas hispanas contra el ejército napoleónico en campo abierto. El general Francisco Javier Castaños, comandante en jefe en aquella acción, elogió su conducta en el parte oficial, destacando su “constante valor, subordinación y decidido respeto al Rey nuestro Señor”.
Tras la contienda, fue nombrado gobernador militar de Cuenca por petición expresa de la junta local, que reclamaba una figura competente tras el saqueo sufrido por la ciudad a manos de las tropas francesas.
Fue también padre del destacado militar Diego de León Navarro, figura clave del romanticismo liberal español, cuya trayectoria —aunque de signo político distinto— dejó también una profunda huella en el siglo XIX.
El 21 de julio de 1824, el rey Luis XVIII de Francia le concedió la Flor de Lis de la Casa de Borbón, en reconocimiento por los servicios prestados al contingente francés de los Cien Mil Hijos de San Luis, enviados a España en 1823 para restaurar el absolutismo de Fernando VII y poner fin al Trienio Liberal (1820-1823).
Los Cien Mil Hijos de San Luis actuaron como brazo armado del orden monárquico tradicional, bajo el mando del duque de Angulema. Diego Antonio de León colaboró activamente con esta restauración absolutista, lo que le valió el reconocimiento directo de la Corona francesa con uno de sus más altos distintivos de lealtad a la causa borbónica.
Aunque su figura pueda resultar paradójica —héroe de la independencia frente a los franceses y, años después, aliado de tropas francesas contra el liberalismo español—, refleja con claridad la complejidad de una época marcada por los vaivenes ideológicos, el conflicto entre tradición y modernidad, y el peso de la fidelidad personal en la política del siglo XIX.
Fotografia del cuaro: “Desembarco de Fernando VII en el Puerto de Santa María”, por José Aparicio. En esta pintura se representa el regreso triunfal del monarca español tras el apoyo militar de Francia.
Fernando VII salió de la ciudad de Cádiz y, atravesando la Bahía, desembarcó en el Puerto de Santa María el 1 de octubre de 1823, donde fue recibido por el Duque de Angulema. Así el rey de España se unió al invasor francés y el mismo día decretó la abolición de cuantas normas jurídicas hubieran sido aprobadas por el Gobierno y las Cortes durante los tres años anteriores y restauró el absolutismo. Comenzó así una etapa de represión y censura del Antiguo Régimen con la persecución de los liberales en España
El grito de “vivan las caenas” empezó a acuñarse en un país done sus mejores hijos habían muerto por la libertad.
Soledad Carrasquilla Caballeo. sccc.-