
El 20 de agosto de 1936 dio comienzo la gran ofensiva republicana sobre la ciudad de Córdoba, una de las operaciones más ambiciosas emprendidas por el Gobierno de la República durante los primeros compases de la Guerra Civil Española. La operación fue dirigida por el general José Miaja Menant, al frente de un importante contingente de tropas regulares, milicias y unidades de artillería, con el objetivo de recuperar una de las principales capitales andaluzas que había permanecido en manos de los sublevados desde el inicio del conflicto.
La defensa de Córdoba estaba encomendada al coronel Ciriaco Cascajo Ruiz, gobernador militar de la plaza y principal responsable tanto de la resistencia militar como de la dura represión ejercida en la ciudad desde el triunfo de la sublevación del 18 de julio. Su actuación fue duramente juzgada por el historiador y militar Guillermo Cabanellas, quien en La guerra de los mil días escribió sobre él: «Era hábil y sanguinario en la represión, pero tímido, vacilante y falto de condiciones militares para la guerra. Desde la primera hora sumerge a Córdoba en un baño de sangre que habría de durar largos días e interminables noches. El suyo es un raro problema de clínica mental».
La ofensiva republicana pretendía aprovechar la todavía precaria situación defensiva de los sublevados en Andalucía. Aunque las tropas de Cascajo habían logrado consolidar el control de la capital cordobesa tras sofocar la resistencia de las fuerzas leales a la República, sus efectivos eran reducidos y dependían en gran medida de la llegada de refuerzos procedentes de Sevilla y de otras zonas controladas por los insurgentes.
Cuando Cascajo comprendió que Miaja preparaba un ataque en toda regla contra la ciudad, recurrió también a la guerra psicológica. Amenazó con fusilar a varios familiares del general republicano, que permanecían detenidos en Córdoba, con la intención de frenar el avance enemigo o condicionar las decisiones del mando republicano. Tradicionalmente se ha atribuido a esta amenaza la supuesta indecisión de Miaja a la hora de lanzar el asalto definitivo sobre la capital. Sin embargo, numerosos historiadores consideran que aquella circunstancia fue únicamente un elemento más dentro de un escenario militar mucho más complejo.
En realidad, la ofensiva comenzó a perder impulso por razones estrictamente estratégicas. Mientras las columnas republicanas avanzaban desde distintos sectores hacia la capital, los sublevados recibían importantes refuerzos procedentes del sur. El teniente coronel José Enrique Varela llegó con experimentadas unidades del Ejército de África, formadas por legionarios y regulares marroquíes, que reforzaron decisivamente las posiciones defensivas de Alcolea, puerta oriental de acceso a Córdoba.
Al mismo tiempo, las agrupaciones mandadas por los comandantes Pérez Salas, Peris y Viqueira intensificaron la resistencia en el sector de Torres Cabrera, situado a unos 28 kilómetros de la capital. Aquellas posiciones se convirtieron en uno de los principales escenarios de combate, ralentizando el avance republicano y obligando a Miaja a emplear un elevado número de efectivos para intentar romper las líneas defensivas.
La superioridad aérea de los sublevados también resultó determinante. Desde la Base Aérea de Tablada, en Sevilla, comenzaron a operar bombarderos italianos Savoia-Marchetti S.M.81 y aviones Douglas DC-2 adaptados para misiones militares, que castigaron las concentraciones de tropas republicanas y sus líneas de abastecimiento. A ellos se sumó la actuación del aviador Joaquín García-Morato, máximo as de la aviación nacional durante la guerra, quien al mando de un Nieuport 52 realizó diversas misiones de ataque y apoyo. Entre ellas destacó el bombardeo de una importante concentración de fuerzas republicanas en la localidad cordobesa de El Carpio, contribuyendo a desorganizar el dispositivo ofensivo gubernamental.
La denominada ofensiva de Córdoba se encuadra dentro de las operaciones desarrolladas durante los primeros meses de la Guerra Civil, en una etapa caracterizada por rápidas maniobras, cambios constantes de iniciativa y la ausencia de un frente estabilizado. Sin embargo, pese a su trascendencia estratégica, esta operación ha recibido una atención relativamente escasa por parte de la historiografía en comparación con otras campañas desarrolladas durante el verano de 1936.
Su importancia era extraordinaria. Córdoba constituía uno de los principales nudos ferroviarios y de comunicaciones del sur peninsular. Desde ella partían las líneas que conectaban el valle del Guadalquivir con la Meseta, Sevilla, Granada y Málaga. El control de la ciudad permitía dominar las comunicaciones entre Andalucía occidental y oriental y garantizaba el enlace terrestre con el paso de Despeñaperros, puerta natural entre Andalucía y el centro de la península.
Si las tropas republicanas hubieran conseguido conquistar Córdoba, las consecuencias militares habrían podido ser muy significativas. La caída de la ciudad habría interrumpido las comunicaciones entre Sevilla y Granada, dificultando seriamente el abastecimiento de las fuerzas sublevadas en Andalucía oriental. Además, habría impedido o retrasado la consolidación del corredor terrestre abierto por Varela hacia Granada, manteniendo el aislamiento de aquella guarnición y alterando profundamente el desarrollo posterior de la guerra en el sur.
Del mismo modo, el éxito de la ofensiva habría supuesto una seria amenaza para Sevilla, principal centro político y logístico de los sublevados en Andalucía bajo el mando del general Gonzalo Queipo de Llano. Asimismo, habría mejorado notablemente las posibilidades defensivas de Málaga, todavía en manos republicanas, cuyo posterior aislamiento facilitaría su conquista por las fuerzas nacionales en febrero de 1937.
Finalmente, la combinación de la resistencia organizada por Cascajo, la llegada de las tropas africanas de Varela, la intervención de la aviación nacional y las dificultades logísticas que sufrían las columnas republicanas obligó a Miaja a detener la ofensiva y ordenar la retirada. El fracaso del ataque aseguró definitivamente el dominio sublevado sobre Córdoba y consolidó el control nacional del valle del Guadalquivir, un factor que resultaría decisivo para el desarrollo de la guerra en Andalucía durante los meses siguientes.
Antes de la ofensiva, la situación militar en Andalucía era extremadamente delicada para la República. Tras el fracaso parcial del golpe de Estado de julio de 1936, los sublevados habían logrado consolidar su dominio sobre Sevilla y Córdoba, mientras que Granada permanecía aislada, pero en poder de los insurgentes. Málaga, Jaén y buena parte del este andaluz continuaban siendo fieles al Gobierno republicano. En este contexto, el Alto Mando republicano consideró que la recuperación de Córdoba podía alterar decisivamente el equilibrio de fuerzas en el sur de España. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Esta fotografía del primer tercia de siglo XX que he encontrado en una caja de latón donde mi familia solía guardar los retrato de entonces, se pueden ver los carro de recogida de basura y los que se utilizaban para regar las calles; que según los comentarios populares, se pusieron con los varales mirando a la campiña desde la puerta del puente para que Miajas creyese que se trataba de los cañones que defendía Córdoba, mientras García Morato se multiplica con su bombardeos haciendo creer que Córdoba poseía suficientes aviones para defenderse.