
Parte del Lienzo de la Toma de Córdoba que se conserva en el Salón Liceo del Círculo de la Amistad.
La conquista de Córdoba por Fernando III en 1236: fin de una era, inicio de otra
El 29 de junio de 1236, la historia de al-Ándalus cambió para siempre. Ese día, Córdoba, la joya más preciada del islam occidental, fue tomada por el rey castellano Fernando III, conocido en su tiempo como el Santo, aunque algunas crónicas lo apodasen el Bizco. Fue la primera gran ciudad andaluza conquistada por Castilla, y su caída marcó un punto de no retorno en el proceso de la conquista. Lo que antaño había sido capital del Califato de Córdoba, centro del saber, apenas conservaba ya, en palabras de las propias crónicas, «el eco de su esplendor». Pero su nombre seguía sonando en todos los confines del mundo conocido.
La conquista de Córdoba está bien documentada por cuatro cronistas castellanos contemporáneos y por no pocos autores andalusíes que dejaron constancia, desde la tristeza o la resignación, del ocaso de la gran metrópoli omeya.
El primer paso en la operación no fue una batalla abierta, sino una acción arriesgada protagonizada por los almogávares, tropas de choque mercenarias que dominaban perfectamente el árabe y conocían los caminos y costumbres de la tierra andaluza. Provenían de Andújar, y según algunas versiones, unos traidores andalusíes les ofrecieron ayuda para facilitar su entrada en la ciudad.
El asalto se produjo por una puerta que, desde entonces, sería conocida como la del Colodro, en honor a uno de los cabecillas de la incursión castellana. Reunidos antes del ataque, los soldados fueron arengados con palabras que reflejan tanto el fervor religioso como el carácter simbólico de la empresa: Pues aquí estamos, que fagamos la señal de la cruz, nos encomendamos a Santa María y al apóstol Santiago…
Por eso, la primera mezquita de barrio que fue tomada y convertida en iglesia recibió el nombre de Santiago, patrón de los cruzados peninsulares.
Los almogávares escalaron las murallas en plena noche, guiados por quienes hablaban mejor el árabe. Encontraron a los guardias dormidos, y los arrojaron al vacío sin hacer ruido. Desde allí, marcharon a la puerta de Martos, situada al otro extremo de la Axarquía —el sector oriental de la ciudad, poblado mayoritariamente por huertos y cultivos—. El dominio de esta zona resultaba clave, pues controlaba buena parte del sustento local.
Una vez abierta esta segunda puerta, la población andalusí tomó conciencia del peligro. Alarmados, los ciudadanos se apresuraron a cerrar los accesos a la Medina, el corazón amurallado de la ciudad. La noticia llegó al noble Ordoño Álvarez, quien envió de inmediato un mensajero a Fernando III, que en ese momento se encontraba en Benavente, en el reino de León. Según las crónicas, el mensajero tardó doce días en llegar hasta el rey. Mientras tanto, los cristianos esperaron y contuvieron el avance dentro de la ciudad para asegurar el control inicial sin provocar una revuelta.
Una de las crónicas latinas lo resume con una frase potente: Córdoba contempló un pueblo de otra religión y de otra lengua, al que no había criado.
A mediados de enero, al recibir el mensaje, Fernando III emprendió el viaje hacia Córdoba. En su avance llegó a Alcolea, desde donde planificó el asalto final. Su estrategia consistía en rodear la ciudad desde el sur para impedir que recibiera refuerzos o suministros. Desde allí, descendieron por lo que hoy conocemos como el camino del Santuario de Linares. El ejército atravesó el Guadalquivir y se estableció en la zona de la Calahorra, completando así el cerco terrestre. Poco después, también bloquearían el río, aislando por completo a la ciudad.
Por entonces, Ibn Hud, el caudillo andalusí que gobernaba desde Murcia y era considerado el líder espiritual y militar de la resistencia islámica, intentó socorrer la ciudad, pero fue víctima de una traición. Paradójicamente, el traidor había sido antes espía de los castellanos y ahora traicionó a los andalusíes, comunicando al enemigo sus planes.
Uno de los protagonistas castellanos de esta parte de la historia fue Lorenzo Suárez, quien, según cuentan, descendió por la noche hasta la tienda del rey Fernando y le comunicó los movimientos de Hud. Como parte de su estrategia de guerra psicológica, aconsejó encender decenas de hogueras para hacer creer al enemigo que el ejército cristiano era mucho más numeroso de lo que realmente era. La estratagema funcionó.
El asedio se alargó durante varios meses, y la ciudad terminó rindiéndose por hambre. Las huertas de la Axarquía, que eran su principal fuente de alimentos frescos, estaban ya en manos cristianas. Al final, la nobleza andalusí negoció la rendición, exigiendo que se respetaran sus vidas y se les permitiera salir con todos los bienes que pudieran portar. Esto dividió a los jefes castellanos: unos proponían tomar la ciudad por la fuerza, mientras otros, más prudentes, aceptaban el tratado para evitar la destrucción de un enclave histórico.
El líder andalusí, Abul-l-Casan, advirtió que, si se iniciaba un asalto, incendiaría todos los tesoros de la Medina, incluida la gran mezquita aljama, uno de los mayores templos del islam occidental. Esa amenaza selló el acuerdo. Córdoba no fue conquistada por la espada, sino tomada por tratado y salvados sus habitantes por su Mezquita.
El día pactado, el príncipe Abul-l-Casan entregó las llaves de la ciudad a Fernando III. El rey ordenó que primero entrase la Cruz, luego los estandartes reales, y por último él mismo, en una escena cuidadosamente orquestada. Desde el arrabal de Sequnda —lo que hoy conocemos como el Campo de la Verdad—, una solemne procesión cruzó el puente romano. Al llegar a la mezquita, los eclesiásticos dieron tres vueltas a su perímetro, rociaron con agua bendita el templo, y abrieron la Puerta del Perdón para introducir la Cruz cristiana.
Como canónigo principal figuraba el arzobispo de Osma, en sustitución del de Toledo, que se hallaba de visita en Roma. En el mihrab, símbolo máximo de la oración islámica, se colocó la cruz. Al día siguiente, entró el estandarte real, y finalmente, el propio Fernando III, que mandó transformar la mezquita en iglesia, consagrándola a la Virgen María.
La toma de Córdoba tuvo repercusión internacional. Europa entera celebró el acontecimiento: la capital del antiguo califato de Occidente había pasado a manos castellanas. La victoria fue considerada no solo un triunfo político y militar, sino un hito espiritual en la cruzada contra el islam.
Autores andalusíes como Ibn Hayyan e Ibn Idari lo resumieron con resignación: Córdoba se ha perdido por voluntad de Dios.
Tras la conquista, Fernando III adoptó el título simbólico de «Emperador de las tres religiones», en referencia a cristianos, musulmanes y judíos, que convivían —con desigualdades crecientes— en su reino. La historia de Córdoba entraba en una nueva etapa, marcada por la fusión y el conflicto, el recuerdo del pasado islámico y la realidad del poder cristiano. Soledad carrasquilla caballero. sccc.-

Entrega de las llaves de la ciudad de manos del príncipe Abul-l-Casan.
Cuadro de Miguel Arjona Navarro

Fotografiar del cuadro completo de la Toma de Córdoba.

La reconquista de Córdoba por Fernando III el Santo.
Oleo de Antonio Palomino