
El 3 de enero del año 712, la ciudad de Córdoba cayó en manos del ejército musulmán al mando de Mugīṯ ar-Rūmī, también conocido como Al-Rūmī (“el romano”), un cristiano renegado y lugarteniente de Ṭāriq ibn Ziyād, comandante de las fuerzas arabes que habían cruzado el Estrecho de Gibraltar en el verano del año anterior.
Aunque se le conoce como «la conquista de Córdoba», más que una gran batalla se trató de una ocupación pacífica, facilitada por la descomposición del poder visigodo y la huida de los nobles, que abandonaron la ciudad a su suerte. La población local, desprotegida, optó por no resistirse a cambio de conservar la vida.
Desde la llegada a la península, las fuerzas musulmanas, mayoritariamente bereberes, iban sumando a su paso descontentos visigodos, esclavos liberados y comunidades judías, hartas del trato que habían recibido bajo el dominio visigodo. Córdoba, en ese momento, era una ciudad herida, marcada por la decadencia del reino y por la falta de liderazgo militar o civil.
Los árabes acamparon en la margen izquierda del Guadalquivir, vigilando el nivel del río y el viejo puente romano, que estaba parcialmente derruido. Fue un pastor local quien informó a Mugīṯ de una brecha en el muro defensivo, cerca de la puerta que luego se llamaría Bāb al-Qāṭana (“puerta del Puente”), también conocida como Bāb al-Wādī (“puerta del Valle”) o Bāb al-Jazīra (“puerta de Algeciras”). Pero la más popular fue Bāb al-Ṣura (“puerta de la Estatua”).
Durante la noche, un pequeño grupo de soldados musulmanes trepó por la muralla, usando sus propios turbantes como cuerdas, según cuenta la tradición, y abrieron la puerta desde dentro. Mugīṯ entró así en la ciudad sin oposición organizada. Solo un pequeño grupo de visigodos fieles se atrincheró en la basílica de San Acisclo o San Jorge, el edificio más sólido de la ciudad, que disponía de agua corriente gracias a un arroyo subterráneo.
Por la mañana, el antiguo palacio de Don Rodrigo fue ocupado sin lucha, mientras el resto de la ciudad permanecía en calma. Muchos pensaban que se trataba de una nueva revuelta nobiliaria o de un cambio más en las luchas internas del reino visigodo. Incluso las campanas de los monasterios tocaron con normalidad ese día.
Mugīṯ reunió rápidamente a los principales miembros de la comunidad judía y les encomendó la administración de la ciudad, una estrategia común en las primeras fases de la expansión islámica por Hispania, que garantizaba cierto orden y colaboración con las comunidades locales.
La última resistencia visigoda se prolongó tres meses, centrada en la iglesia-fortaleza de San Acisclo o San Jorge. Finalmente, fue tomada por las tropas musulmanas, culminando así la conquista efectiva de Córdoba, que pasaría a formar parte de al-Ándalus, el nuevo territorio islámico en la península ibérica. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-