
Mayólica de cobalto y manganeso. Museo Nacional de San Matteo. Pisa
Malika Fadel ben Salvador, corsaria del mar de Almería
Malika Fadel ben Salvador fue una navegante y corsaria andalusí nacida en Almería en 1302, que habría muerto hacia 1350 o 1360 en el mar.
Huérfana desde niña, sobrevivió al asedio de Almería por las tropas de Jaime II de Aragón gracias a que se encontraba embarcada junto a su abuelo en alta mar.
Aquel asedio, que se prolongó casi seis meses, dejó tras de sí un paisaje de ruina y muerte. La ciudad resistió, pero la familia de Malika fue pasada a cuchillo a la altura del actual Cortijo Blanco, antigua alquería cercana a las fuentes y baños de Sierra Alhamilla, donde intentaron refugiarse. Las partidas cristianas ejecutaban sin piedad a todo andalusí que encontraban en su camino.
Su abuelo, Ibn Fadel, era un poderoso comerciante que navegaba entre al-Ándalus, el norte de África y el Mediterráneo oriental. Bajo la bandera de la antigua República Marítima de Pechina, transportaba mercancías legales y, cuando convenía, practicaba el corso en beneficio propio o de sus aliados.
Traficaba con hachís del Rif y del Líbano, al mando de tres bajeles, y no dudaba en atacar naves aragonesas para cargar botín y prisioneros, que luego vendía en el mercado de esclavos de Almería, uno de los más activos del siglo XIV.
Malika creció entre navíos y tormentas, apenas pisando tierra. Su abuelo, celoso de su seguridad, la mantenía apartada de la tripulación —seleccionada entre los más duros hombres de la costa—. Para protegerla, llegó incluso a tomarla como esposa, costumbre no infrecuente en contextos marítimos y marginales de la época, aunque su vínculo fue más político que carnal.
Con los años, Ibn Fadel delegó en ella la administración de sus propiedades y el mando de su flota, nombrándola capitana y heredera antes de morir de peste en 1329.
Malika se convirtió en leyenda. Nunca necesitó patente de corso para atacar en el mar. Dirigía sus abordajes con temeraria valentía y una falta de escrúpulos que la hacía temida incluso entre los suyos. La acompañaba siempre un gigantesco eunuco africano, obtenido como botín en un abordaje, a quien su abuelo le había regalado como guardián personal. Se cuenta también que mandó construir un palacete cerca de la Puerta del Mar de Almería para una esclava egipcia liberada en Alejandría, con la que compartía su vida y sus viajes.
En aquellos años, los navegantes de Pechina —antiguo núcleo marítimo sobre el que ʿAbd al-Raḥmān III había fundado la capital naval del Califato de Córdoba en el siglo X— gozaban de privilegios concedidos por los reyes nazaríes de Granada, que toleraban e incluso alentaban el corso contra enemigos cristianos.
El puerto de Almería era entonces un hervidero de comercio. Llegaban del Magreb oro sudanés y esclavos, del Oriente Próximo especias, hachís y tejidos de lujo, y de Europa cristiana metales, pieles y armas. A cambio, desde Almería se exportaban aceite, tejidos finos, manufacturas y esclavos castrados, una práctica tristemente célebre que realizaban con precisión los cirujanos judíos de la ciudad.
La historia de Malika terminó, según las crónicas tardías, en el mar de Alborán.
Su flota fue destruida en 1356 durante la refriega que dio inicio a la nueva guerra entre Castilla y Aragón.
Murió junto a su esclava egipcia cuando el caballero Moreau de Perellós, al mando de una flotilla aragonesa, atacó los barcos de la corsaria almeriense para robar su cargamento, violando la tregua firmada entre Castilla y el Reino de Granada.
Así desapareció Malika Fadel ben Salvador, la mujer que hizo del mar su casa, su frontera y su tumba. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-