
Fotografía de la lanzadera de mi abuelo Paco
Para confeccionar redes y remendarlas, Francisco Caballero Voces, el viejo molinero del Molino de San Antonio, guardaba con esmero una antigua lanzadera de aluminio, deformada por el uso, casi vencida por el tiempo, como si en sus curvas latiera aún la memoria del huso. Aquella herramienta no era un simple útil de labor: había pertenecido a su padre, Francisco Caballero, también molinero, del Molino Chico, y a su abuelo, también llamado francisco Caballero. En manos de más de tres generaciones habían tejido muchos más que redes: tejía la supervivencia y el sustento de una gran prole, aún pequeña o incluso no nacida.
Aquel objeto humilde encerraba una historia más honda: la de un linaje de hombres de río que habían preferido mirar al agua antes que a las máquinas, dar la espalda a la revolución industrial para continuar con los oficios que se funden con la tierra y el tiempo. Pero también encerraba una tragedia: la de Rosario, la hija menor del viejo molinero, que se ahogó en el cañal del molino de Santa María o Mediorrío, mientras jugaba, sus ocho hermanos, molineros y nadadores, nada pudieron hacer por salvarla.
La lanzadera sobrevivió a todos ellos, y con ella el gesto ancestral de reparar lo roto.
No es menor el simbolismo si pensamos que la lanzadera más antigua conocida en la Península Ibérica data del siglo VII a.C., y fue hallada en las excavaciones arqueológicas del llamado Tesorillo de La Algaida, en el pinar del mismo nombre, en las marismas de Bonanza, término de Sanlúcar de Barrameda, provincia de Cádiz. Allí se alzaban las ruinas de un antiguo santuario dedicado a Astarté —o Venus, según la asimilación romana—, deidad femenina asociada al planeta del mismo nombre, al amor, la fertilidad y el mar.
Algunos eruditos incluso han llegado a identificar aquel lugar con el mítico «luciferi fanum» mencionado por Estrabón en su Geografía, una referencia envuelta en el misterio de los oráculos perdidos y los templos donde el mundo antiguo veneraba la unión entre naturaleza y cosmos.
Durante las excavaciones del santuario fenicio-púnico —o posiblemente tartésico— de La Algaida, se recuperaron más de diez mil exvotos: figuras, herramientas, objetos simbólicos de todo tipo, fabricados en plomo, bronce o hueso, llegados desde distintos puntos del Mediterráneo. Entre ellos, anzuelos, agujas, pesas, y varias lanzaderas que sugieren que las artes de pesca y tejido no eran solo oficios cotidianos, sino también instrumentos cargados de significado ritual, ofrecidos como plegarias materiales en aquellos santuarios del mundo antiguo.
Las lanzaderas, piezas humildes de una historia que teje entre la vida y la muerte, entre el río y el mar, entre lo doméstico y lo sagrado, reposan hoy en el Museo de Cádiz. Pero en la memoria de Francisco Caballero Voces, la lanzadera familiar fue siempre reliquia, testigo, y ofrenda personal a una tradición que, aun cuando se extingue, resiste. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-