
Cartela en metal con el juramento del Custodio que se encuentra en el monumento del Triunfo a San Rafael en la puerta del puente Romano de Córdoba.
El día 7 de mayo de 1578, según la tradición cordobesa, el padre Andrés de Roelas, experimentó una visión que habría de marcar el devenir de la ciudad. A lo largo de varias semanas había sido visitado en sueños y apariciones por una figura celestial, cuyas palabras y presencia lo llenaban de sobrecogimiento. Tras cuatro de estas manifestaciones, y por consejo de los teólogos de la Compañía de Jesús, a los que consultó temiendo que todo fuese ilusión o engaño diabólico, decidió poner el caso en conocimiento del Provisor del Obispado. Este, con prudencia pastoral, le ordenó que si la visión se repetía, interrogase directamente al espíritu sobre su identidad.
Así ocurrió en la madrugada del 7 de mayo de 1578. El padre Roelas, sobrecogido por la reaparición, preguntó al visitante quién era. Entonces, la figura resplandeciente le respondió con estas palabras:
“Yo te juro, por Jesucristo crucificado, que soy Rafael, a quien Dios tiene puesto por custodio de esta ciudad.”
El nombre “Rafael”, de origen hebreo (Rafa-El), significa “Medicina de Dios”. En la tradición judeocristiana, el arcángel Rafael es uno de los siete espíritus que están en presencia de Dios (cf. Tobías 12:15) y es conocido como protector de los viajeros, sanador de los enfermos y guía espiritual. No es casual, por tanto, que se identificara como custodio de Córdoba, una ciudad entonces asolada por repetidas epidemias, especialmente la peste, y necesitada de consuelo espiritual.
Ramírez de Arellano, en su obra Paseos por Córdoba, recoge la tradición con detalle:
“El Arcángel San Rafael se le apareció al padre Roelas en cuatro ocasiones, revelándole que él salvaría a la ciudad. El sacerdote, temeroso de que todo fuera un engaño de sus sentidos, y después de consultar con teólogos de la Compañía de Jesús, visitó al Provisor, quien le ordenó que si se producía una quinta aparición, le preguntase quién era. Así fue, en la madrugada del 7 de mayo de 1578, se produjo esta quinta aparición en la que San Rafael le dijo al sacerdote: ‘Yo te juro, por Jesucristo crucificado, que soy Rafael, ángel a quien Dios tiene puesto por custodio de esta ciudad’.”
La Córdoba del siglo XVI vivía un tiempo de contrastes. Aunque se trataba de una ciudad integrada plenamente en la monarquía hispánica bajo Felipe II, y gozaba aún del peso de su pasado califal, sufría también los estragos de la decadencia económica, la presión fiscal de la Corona, y el azote intermitente de enfermedades como la peste, que diezmaban periódicamente a la población. En ese contexto, la proclamación de un protector celestial como San Rafael vino a colmar de esperanza a sus habitantes.
A raíz de este acontecimiento, la devoción popular hacia el arcángel se intensificó notablemente. En 1651, el Cabildo Municipal lo declaró oficialmente Custodio de Córdoba, y a lo largo de los siglos siguientes se erigieron en su honor decenas de monumentos, los célebres Triunfos de San Rafael, que aún hoy adornan plazas, puentes y rincones de la ciudad.
El 7 de mayo quedó así inscrito como fecha solemne en el calendario cordobés, conmemorando no solo una aparición celestial, sino también la reafirmación de una fe que, en tiempos de enfermedad y zozobra, encontró consuelo en lo divino. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-