
Capitel de avispero labrado en mármol, fechado en el año 950 o 970. Periodo califal. Probablemente de Medina Azahara. Colección de Enrique Romero Barros. Se encuentra en la casa natal de Julio Romero de Torres.
El 29 de abril del año 1018 fue proclamado califa de Córdoba Abd al-Rahman ben Muhammad ben Abd al-Malik (عبد الرحمن بن محمد), conocido como Abderramán IV. Natural de la propia ciudad califal, era hijo de Muhammad y nieto de Abd al-Malik, uno de los hijos de Abderramán III. Por tanto, era bisnieto del célebre primer califa omeya de al-Andalus, lo que le otorgaba un sólido linaje en un momento de fuerte inestabilidad política.
Durante los últimos años del califato de Hisham II, cuando al-Andalus se sumía en luchas intestinas entre facciones árabes, bereberes y eslavos, el joven príncipe Omeya se retiró de la vida cortesana y se refugió en el levante peninsular. Allí, en un cómodo exilio en tierras valencianas, permaneció apartado de la convulsa escena política cordobesa.
Sin embargo, en el contexto de la llamada «fitna» de al-Andalus —una guerra civil que desangraba el otrora poderoso Califato—, surgieron figuras que pretendían utilizar su estirpe como símbolo de legitimidad frente a la dinastía rival de los hammudíes. Así fue como Jayrán, el influyente señor de Almería, y el tuchibí Mundhir ben Yahya, caudillo de Zaragoza, decidieron sacarlo del anonimato y encabezar con él una ofensiva contra los hammudíes que gobernaban Córdoba.
A su causa se sumaron también fuerzas aragonesas, aportadas por el conde de Barcelona, en una alianza que evidenciaba la fragmentación del poder andalusí y la creciente implicación de los poderes cristianos en los asuntos internos de al-Andalus.
El ejército rebelde se concentró en Xàtiva, donde Abd al-Rahman se presentó como aspirante al trono califal. Desde allí emprendieron la campaña hacia el sur, ocupando Jaén, con el fin de establecer una posición estratégica desde la que marchar sobre Córdoba. Fue entonces cuando llegaron noticias desde la capital: el califa hammudí, Alí ben Hammud, había sido asesinado, y sus partidarios llamaban a su hermano al-Qasim, gobernador de Sevilla, para ocupar el trono vacante.
Los seguidores omeyas vieron en este vacío de poder la oportunidad idónea para restaurar la legitimidad dinástica. Así, proclamaron a Abderramán como califa, quien adoptó el laqab (epíteto honorífico) de al-Murtadá, «el que goza de la satisfacción divina».
No obstante, su reinado sería tan efímero como trágico. A pesar de la legitimidad de su sangre y el apoyo inicial de sus valedores, Abderramán IV pronto demostró no ser el títere que esperaban. Su actitud independiente incomodó a quienes le habían alzado al trono, y cuando las tropas omeyas marcharon contra Guadix, sus propios aliados le abandonaron. Fue traicionado en plena campaña y, tras la derrota en el campo de batalla, fue asesinado mientras intentaba huir.
Las fuentes lo describen como un hombre de costumbres austeras, alejado del boato y la ostentación que caracterizaban a muchos de sus antecesores. Se dice incluso que nunca vistió seda, en un gesto de humildad y fidelidad a ciertos ideales piadosos. Su figura, breve y trágica, encarna el ocaso del Califato de Córdoba y la imposibilidad de restaurar su esplendor en medio del caos que condujo finalmente a la fragmentación del territorio en los reinos de taifas. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-