
Escultura de San Rafael de la torre de la Catedral de Córdoba realizada por Pedro de Paz y Bernabé Gómez del Río. Que el sucesor de la silla de Osio, Simón de Sousa , mando colocar en el campanario por mandato del Custodio.
Foto: Cabildo Catedral de Córdoba.
San Rafael, el nacimiento de un juramento eterno
En el año 1278, cuando Europa se hallaba sumida en el terror de la peste bubónica, Córdoba —antigua capital de la Bética romana y joya de al-Ándalus— sufrió una de las crisis más devastadoras de su historia.
La enfermedad, transmitida por pulgas y ratas, recorrió las rutas comerciales desde Oriente hasta el corazón de Europa, arrasando ciudades enteras.
Se calcula que uno de cada tres europeos pereció entre fiebres, bubones y delirios, y que Córdoba perdió la mayor parte de su población, reducida a apenas unas pocos miles de almas.
La ciudad, que en tiempos del califato había albergado a más de 400.000 habitantes, quedó convertida en una sombra de sí misma.
Los arrabales se despoblaron, los campos se llenaron de silencio, y los monasterios y parroquias se convirtieron en improvisados hospitales donde morían frailes, médicos y vecinos por igual.
La peste no distinguía entre nobles y pobres, entre cristianos o paganos; era el gran nivelador, el azote de Dios que ponía a prueba la fe de los hombres.
Fue entonces, en medio de aquel paisaje de muerte y desesperanza, cuando la tradición cordobesa sitúa la primera aparición del Arcángel San Rafael.
El relato, transmitido de generación en generación y recogido en las crónicas eclesiásticas, cuenta que el mercedario fray Simón de Sousa, mientras oraba en su convento suplicando el fin del desastre, fue visitado por una luz celestial.
De esa luz emergió el Arcángel San Rafael, que le habló con voz serena y firme:
“Dile al obispo que haga poner mi imagen encima de la torre, y encargue a todos que me sean muy devotos y celebren mi fiesta todos los años; y con esto, cesará el contagio.”
El mensaje fue transmitido al obispo Pascual, quien sin demora mandó colocar la imagen del Arcángel en la torre de la catedral — antigua mezquita aljama— y ordenó que se le rindiera culto especial.
Según las crónicas locales, la peste cesó de inmediato, y la ciudad entera atribuyó su salvación a la intercesión del celestial protector.
Desde aquel momento, Córdoba quedó bajo la tutela de San Rafael, a quien comenzó a considerarse Custodio y Defensor perpetuo de la ciudad.
Los siglos pasaron, y la memoria de aquella primera salvación quedó grabada en la conciencia colectiva de los cordobeses.
Sin embargo, a mediados del siglo XVI, una nueva peste volvió a asolar Andalucía.
Fue entonces cuando el Arcángel se manifestó de nuevo, esta vez al padre Roelas, clérigo piadoso y temeroso de Dios.
San Rafael se le apareció cuatro veces, anunciándole que salvaría a Córdoba del contagio.
Roelas, dudando de si era víctima de una ilusión, consultó con el Provisor del Obispado, quien le aconsejó que, si volvía a presentarse la visión, preguntase directamente al mensajero celestial quién era.
Así lo hizo, y en la quinta aparición, el Arcángel respondió con palabras que marcarían para siempre la historia espiritual de Córdoba:
“Yo soy Rafael, a quien el Señor ha puesto por custodio de esta ciudad.”
A partir de entonces, el pueblo y el cabildo eclesiástico hicieron voto solemne de venerar a San Rafael como protector de Córdoba, voto que se mantiene hasta el día de hoy.
El voto no fue solo un acto devocional, sino también una reafirmación de identidad colectiva.
En una ciudad que había conocido la gloria romana, la sabiduría islámica y la fe cristiana, San Rafael se convirtió en símbolo de continuidad, consuelo y unidad.
Su figura fue erigida sobre piedras, puentes y plazas, hasta poblar la ciudad con los célebres “Triunfos de San Rafael”, columnas votivas que aún hoy custodian cada entrada y rincón del casco histórico.
El más imponente se levanta junto al Puente Romano, obra del siglo XVIII, donde el Arcángel extiende sus alas sobre el Guadalquivir, mirando a la Mezquita-Catedral y bendiciendo la ciudad que juró proteger.
Más allá del milagro, la historia de San Rafael y la peste de 1278 revela el modo en que la fe sirvió de refugio ante el horror.
En una época sin medicina ni ciencia capaces de detener la muerte, la esperanza se encarnó en la figura del arcángel sanador, cuyo nombre en hebreo significa “Dios sana”.
Desde entonces, cada calamidad, epidemia o catástrofe en Córdoba ha reavivado su culto.
Durante la epidemia de cólera de 1855, miles de cordobeses invocaron su nombre; en la pandemia de 1918, su imagen fue paseada por las calles como símbolo de protección.
Incluso hoy, su devoción no ha disminuido: San Rafael sigue siendo el alma invisible de la ciudad, puente entre la historia, la fe y la memoria popular.
Pocos lugares del mundo pueden presumir de tener un ángel como custodio. Córdoba lo tiene, y no como símbolo abstracto, sino como presencia viva en su paisaje urbano.
Cada piedra de sus Triunfos, cada oración encendida ante su imagen, recuerda que, en tiempos de desolación, los cordobeses confían su destino a un mensajero de luz.
Y desde entonces, el eco de aquellas palabras sigue resonando bajo el cielo de la vieja ciudad: “Yo soy Rafael, a quien el Señor ha puesto por custodio de esta ciudad.”
Como en la madrugada del 7 de mayo de 1578, durante la quinta aparición, el padre Andrés de las Roelas le dijo: “Te conjuro por Dios vivo y por el misterio de la Santísima Encarnación del Hijo de Dios, que me digas si eres Ángel de Luz o el Demonio.”
Y para testimoniar la veracidad de la pregunta, el Arcángel respondió:
“Yo te juro por Jesucristo Crucificado que soy Rafael, a quien Dios tiene puesto por Guardián de esta ciudad.” Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Cartela en metal con el juramento del Custodio que se encuentra en el monumento del Triunfo a San Rafael en la puerta del puente Romano de Córdoba