
Placa original que identifica al colegio Rey Heredia como escuela nacional con el escudo de la II República. Se encontraba sobre la puerta de entrada del edificio, y se ha mantenido hasta los últimos años del siglo XX en su lugar de origen. Ahora se halla depositada en el colegió Fray Albino.
El Colegio Rey Heredia fue el primer edificio proyectado y construido en Córdoba específicamente como centro escolar, siguiendo los modelos pedagógicos europeos más innovadores de la época. El artífice de esta pionera iniciativa fue el arquitecto Francisco Azorín Izquierdo, quien lo concibió en 1918 como parte de un ambicioso plan para dignificar y modernizar la enseñanza primaria en la ciudad.
Azorín había denunciado públicamente la precariedad de las infraestructuras educativas cordobesas en su obra «Los problemas municipales de Córdoba: La instrucción primaria», donde acompañaba su argumentación con planos y fotografías. En sus palabras: “Las insuficientes escuelas que poseemos son, en gran número, locales que repelen, antipedagógicos y faltos de higiene, donde los niños van sin aliciente alguno a aprender a costa de su salud; donde el mejor maestro, viéndose objeto de su desconsideración social que supone tal alojamiento, se degrada y se abandona entristecido.”
El colegio se construyó en el Campo de la Verdad, al sur del río, en una zona entonces densamente poblada y con carencias educativas graves. El proyecto original llevaba por nombre “Escuelas unitarias para niños y niñas con Jardines Froebel”, en alusión a la pedagogía del alemán Friedrich Froebel, quien introdujo el concepto de jardín de infancia como espacio donde los niños aprenden a través del juego, la música, la interacción y la expresión artística. Azorín adoptó esta filosofía para diseñar un espacio que respondiera tanto a las necesidades físicas como emocionales y cognitivas de los más pequeños.
El edificio se levantó sobre una plataforma de 1,25 metros de altura respecto al nivel del suelo, como medida higiénica y funcional. De una sola planta, el conjunto presenta una distribución racional, simétrica y luminosa. Las aulas se orientaban a fin de maximizar la luz natural, con amplios ventanales y una clara separación de espacios. En el centro del edificio se situó un salón con entrada independiente, ideado para funcionar como biblioteca popular, abierta también a los vecinos del barrio.
El colegio contaba con dependencias complementarias que lo situaban a la vanguardia de su tiempo: cocina, despachos, lavabos, enfermería y un gabinete paidométrico —espacio destinado a controlar el crecimiento y desarrollo del alumnado, algo inédito entonces en la educación pública local.
Además, se incorporaron patios ajardinados siguiendo el modelo froebeliano, en los que los niños podían interactuar con la naturaleza como parte del aprendizaje.
Durante décadas, el Colegio Rey Heredia fue uno de los referentes del Campo de la Verdad. Sin embargo, con el paso del tiempo y el descenso de la población infantil en el barrio, perdió su carácter de centro independiente. Aun así, el edificio no fue abandonado del todo: durante varios años funcionó como anexo del Colegio Fray Albino, centro educativo ubicado muy cerca, que acogía a los niveles de educación primaria.
El viejo colegio funcionaba como espacio para educación infantil (preescolar), lo que seguía la lógica del proyecto pedagógico original de Azorín. Esta relación entre ambos centros supuso una continuidad en la utilización del edificio, aunque ya sin su independencia administrativa ni el espíritu experimental con el que había nacido.
Tras años de desuso, el edificio fue cerrado definitivamente como centro educativo. No obstante, a partir de 2013, el antiguo colegio cobró nueva vida al ser recuperado por colectivos vecinales y sociales del barrio, que lo convirtieron en el Centro Social Rey Heredia. Desde entonces, el edificio ha funcionado como espacio comunitario autogestionado, ofreciendo talleres, clases de apoyo escolar, biblioteca, comedor social, charlas, actividades culturales y una cocina abierta al barrio.
Este proceso de reapropiación ciudadana ha dado un nuevo significado al edificio, manteniendo su vocación educativa y social, aunque desde una lógica más horizontal, participativa y ligada a las necesidades del vecindario. Así, el espíritu de servicio público que lo vio nacer a principios del siglo XX permanece vivo, aunque en un contexto y con unos protagonistas muy distintos. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-