
«Torre de melena muerta
con embrujo de gitana
acaso crees que los muertos/
se reflejan en tu cama”
Pepe Molina le escribió la letrilla a la genial balaora
El 17 de abril de 1942 nació en Córdoba Ana Carrillo Mendoza, conocida artísticamente como La Tomata, una de las bailaoras gitanas más singulares y recordadas del siglo XX. Murió en su ciudad natal el 26 de diciembre de 2007, dejando tras de sí una vida marcada por el talento, la pasión y la tragedia.
Hija de Ramón Carrillo, tratante de ganado, y Modesta Mendoza, Ana fue bautizada en el Sagrario de la Catedral el 20 de diciembre de 1945. Creció en la plaza de la Alhóndiga, (cerca de donde había nacido otra gitana, Amalia Fernández, la eterna modelo de Julio Romero de Torre) junto a la Casa del Pueblo, en un hogar gitano donde sus padres criaron a Rafael, Crispina, Manuel, Antonio —apodado El Colilla—, Salud, Juan y la pequeña Ana, que recibió el sobrenombre de La Tomata porque, según contaba un tío, “parecía un tomate” cuando era bebé.
Su infancia transcurrió entre la escasez de la posguerra, la cocina económica, las casas de vecinos de la Judería y los ecos del flamenco que llenaban los patios cordobeses de los años cincuenta. Muy pronto mostró una inclinación natural para el baile: de niña ya zapateaba en tabernas como Los Califas, Casa Pepe, El Zoco o Casa El Pisto, en el Alcázar Viejo.
El empresario Antonio Romero la incorporó a la nómina de artistas que animaban las madrugadas de los señoritos cordobeses. En ese ambiente conoció a un joven novillero, apuesto y carismático: José Moreno Corpas, conocido como Pepín Moreno. Entre ambos nació un romance intenso, digno de una copla de Rafael de León, que desafió las normas tanto payas como gitanas. Para entonces, La Tomata era ya la bailaora más impactante de Córdoba, y su fama se extendía por toda Andalucía.
Su talento llamó la atención del dueño del Corral de la Morería en Madrid, que quedó maravillado al verla bailar en un cabaret de Cercadilla… cuando estaba embarazada de casi nueve meses. Cuando dio a luz a su hija Tamara, el 10 de agosto de 1961, la pequeña llevó los apellidos de la madre, pues Pepín nunca la reconoció legalmente, aunque jamás dejó de verlas ni de ocuparse de ellas.
Al poco, La Tomata triunfaba en Madrid: actuó en el Corral de la Morería y en Los Canasteros, y los críticos aseguraban que, después de Carmen Amaya, solo había nacido La Tomata. Su estética racial, poderosa y sensual, conquistó al público. Su figura inspiró a destacados modistos, que la vistieron con modelos únicos. Muchas fotos de aquellos años —posando junto a Carmen Sevilla, Lola Flores y otras estrellas— llenaron el álbum de su hija. Lola Flores la llevó incluso a actuar a La Pagoda Gitana de Marbella. En Málaga grabó su disco La Tomata. En una ocasión, luciendo uno de aquellos trajes exclusivos, fue detenida en Córdoba por “escándalo público”.
Pero, aunque lo tuvo casi todo fuera de Córdoba, nunca se llevó el corazón de la ciudad consigo. Su vida seguía girando en torno a Pepín Moreno. Entre actuaciones y viajes, regresaba a las noches de bohemia, a los jornales inciertos, a un amor turbulento y absorbente. Hasta que, una noche de regreso, la tragedia los alcanzó: el coche en el que iban se estrelló en la entonces avenida Obispo Pérez Muñoz. Pepín murió en el acto, con solo 31 años. Ella, con 21, empezó a morir lentamente aquella madrugada del 11 de abril de 1964.
Años después, participó en la película Los duendes de Andalucía, dirigida por Ana Mariscal y rodada en Bodegas Campos y en un episodio de Curro Jiménez. Más tarde regresó a Madrid, donde vivió uno de los honores más insólitos para una bailaora: la banda de música de Madrid la recibió en la estación de Atocha. Era un homenaje a su figura, a su arte irrepetible.
Aunque contrajo matrimonio el 14 de agosto de 1980 con Antonio Rafael González Colsen, siempre permaneció fiel a su soleá interior, la que la acompañaba desde aquella noche trágica:
«Llevo en la fecha el dolor
de aquella noche fatal…
Que no lo veo llegar,
que no lo veo venir».
Ana Carrillo escogió la soledad como refugio final. Murió en Córdoba, la ciudad que la vio nacer y arder en vida. Sus cenizas fueron esparcidas entre la Judería y el Guadalquivir. Hoy, una calle perpetúa su memoria: Calle Ana Carrillo “La Tomata”.
Una vida luminosa, desgarrada y profundamente flamenca. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-

Hoja del periódico ABC del domingo 12 de abril de 1964

Cartel de la película Los duendes de Andalucía

La antigua Casa del Pueblo en la Plaza de la Alhóndiga, convertida en tablao flamenco

Plaza donde nació la Tomata


