[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Las mujeres de Romero de Torres  – Cosas de Cordoba

Las mujeres de Romero de Torres 

La Gitana de la Naranja, cuadro de Julio Romero de Torres que se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Murcia. Sirvio de modelo Amalia Fernández Heredia, “La gitana”.

Las mujeres de Romero de Torres, aunque sonrían cuando nos miran desde sus cuadros, no sonríen con alegría ni ligereza. En sus ojos, Julio ha visto el misterio de una mujer dolorida, ultrajada, trágica, santa… Romero no pinta la felicidad; lo que emana de sus pinceles es un misterio grave, una espiritualidad herida, un gozo imposible. No hay en sus obras luz de fiesta, sino penumbra de confesionario. Las suyas son sonrisas enigmáticas, si las hay, que apenas suavizan la hondura de una mirada cargada de pena, de historia y de símbolos. No sabemos si fue Julio Romero de Torres, el pintor de la Musa Gitana, quien modeló el ideal de la mujer cordobesa, o si fue esta mujer cordobesa, con su presencia real y legendaria, quien dio forma al alma del pintor. Pero el sentimiento trágico de la vida que sus pinceles imprimieron en esas miradas que brotan de su paleta, a pesar del fuego herético del brasero y de las carnes turgentes de sus cuerpos, sitúa la expresión más soñadora o mística en un profundo pozo de pena, que en algunos casos parece querer ser taladrado por una afilada navaja, asesinar por celos o implorar al cielo en la ascensión de una virgen

Lo cierto es que en su obra se funden el mito y la carne, lo sagrado y lo profano. Sus mujeres son santas y pecadoras, víctimas y verdugos de un destino trágico. En sus rostros late la poesía de lo irremediable, la pasión contenida, la herida abierta. El sentimiento trágico de la vida, que Romero lo expresó en miradas. Miradas que emergen de su paleta como un conjuro, que nos atrapan y nos inquietan. Porque detrás de esos ojos se adivina una historia de celos, de pecado, de redención; una historia de mujeres que amaron demasiado, que sufrieron en silencio, que fueron objeto de deseo y de castigo.

Y, aun así, hay belleza en su dolor. Una belleza que no es superficial ni complaciente, sino profunda, inquietante, casi mística. Aunque sus cuerpos se ofrezcan al espectador con una sensualidad evidente, carnes turgentes, posturas insinuantes, hay algo que los trasciende: el fuego herético de un brasero que no calienta, sino consume; la sombra de una culpa ancestral; la nostalgia de lo perdido. En esas mujeres hay una lucha interna entre el cuerpo y el alma, entre la pasión y el castigo, entre lo que desean y lo que se les permite.

La mirada más soñadora o mística de estas figuras no se eleva al cielo, sino que se hunde en un pozo de pena, de silencio, de eternidad suspendida. En algunos casos, parece que una afilada navaja quiera atravesar ese abismo, cortar el hilo de la angustia o vengar una afrenta. Otras veces, el gesto suplica, reza, implora al cielo en la ascensión simbólica de una virgen pagana, mezcla de Dolores y Magdalena, entre el incienso y el deseo.

Romero de Torres no sólo pintó mujeres: pintó una forma de mirar la vida, el dolor, el amor y la muerte desde una tierra, Córdoba, donde todo eso se entrelaza con la memoria, la religión y el arte. Y sus mujeres, eternamente jóvenes y eternamente dolientes, siguen mirándonos desde sus lienzos, desafiándonos a comprenderlas… o simplemente a sentir su misterio. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Óleo sobre tela de 35 cm de altura y 33 cm ancho.