[REQ_ERR: SSL] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. Zalabiyya, زلابية – Cosas de Cordoba

Zalabiyya, زلابية

Fotografía de mis torrijas como las hacían las madres de mis abuelas en Córdoba, en el siglo XIX, yo las repito en el siglo XXI. Fuente semi china del siglo XIX, fabricada por Pickman y C.A. Mas tarde se llamó Cartuja.

Un manjar con siglos a cuestas

Ya los romanos, en su afán por transformar lo cotidiano en arte, preparaban un dulce que recuerda mucho a la torrija. En el recetario de Apicio, De re coquinaria, se describe el aliter dulcia, un pan remojado en leche y frito, luego bañado en miel. Una delicia sencilla, destinada a acompañar las mesas romanas en momentos de celebración.

Más tarde, durante Al-Ándalus, esta receta se vio enriquecida por los sabores de oriente: canela, clavo, cardamomo, agua de azahar y mieles oscuras. En los antiguos recetarios andalusíes ya aparece una preparación llamada zalābiya o fatīra, que consistía en pan o masa empapada en leche y frita, luego endulzada. La herencia árabe en nuestra cocina es evidente, no solo en los ingredientes, sino en la misma idea de convertir el pan, símbolo de vida y de subsistencia, en un dulce cargado de significados.

Hoy en día, dulces muy parecidos a la torrija siguen formando parte del repertorio culinario de países como Siria, Irak, Egipto, Argelia, Marruecos o Turquía. En todos ellos se mantiene la base común: pan, leche, huevo, fritura y dulzor. Algunas versiones se enriquecen con frutos secos, sésamo, pasas o pistachos; otras prefieren los aromas cítricos o florales. Cada una aporta un matiz, una textura, un acento, pero todas comparten esa raíz común que habla de la sencillez transformada en placer.

En Andalucía, la torrija no es solo un dulce, sino un símbolo. Cada casa tiene su manera de prepararla. Hay quienes perfuman la leche con piel de limón o naranja; quienes la empapan con vino tinto o dulce; quienes la fríen en aceite de oliva virgen extra o prefieren el de girasol por suavidad. Hay torrijas más doradas o más jugosas, más dulces o más discretas… pero todas llevan consigo algo que no está en la receta: el recuerdo.

Porque la torrija no solo alimenta el cuerpo, también evoca. Evoca la cocina de la abuela, el brasero encendido, el cucharón de madera, la voz de la madre diciendo “déjalas que empapen bien”. Es uno de esos sabores que, más que en la boca, se quedan en la memoria. No sorprende, entonces, que incluso en tiempos donde la gastronomía busca lo innovador, la torrija siga presente en los mejores restaurantes, reinterpretada y respetada a partes iguales. Desde versiones con pan brioche caramelizado hasta torrijas infusionadas con ron, licor de naranja o chocolate especiado, el alma del plato sigue intacta.

Lo que comenzó como un gesto de aprovechar el pan duro, se ha convertido en un ritual de sabor. Un ejemplo de cómo la cocina popular no solo sobrevive, sino que se engrandece con el tiempo. La torrija, como tantos otros platos nacidos de la sencillez, representa la sabiduría doméstica, la creatividad sin pretensiones, la belleza de lo auténtico.

Y es que, al final, la torrija es todo eso: alimento, historia, identidad, mestizaje, ternura, silencio, calor… una rebanada de pan que ha cruzado siglos y fronteras para quedarse con nosotros, en el paladar y en el corazón. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-