
Leyenda de la princesa del castillo de Cazorla.
(Mitad serpiente o lagarto y mitad mujer. Su nombre Tragantia deriva de dragón y tragón a gagantia de dragon)
“Yo soy la Tragantía
hija del rey moro,
quien me oiga cantar
no verá la luz del día
ni la noche de San Juan”.
Esta historia llena de magia, imaginación y fantasía gira en torno a una princesa, un castillo y un final que se resiste a desaparecer. .
En las estribaciones este de la Sierra de Cazorla en la parte inferior del cerro de Salvatierra a 850 metros sobre el nivel del mar en la frontera granadina con el Reino de Jaén, existen un antiguo castillo andalusís construidos sobre basamentos romanos de Carcesa, llamado hoy de la Yedra, conocido también como castillo de las Cuatro Esquinas, para diferenciarlo de otra fortaleza cercana denominada de las Cinco Esquinas. Esta defensa situada frente a la Peña de los Halcones, ofrecía también seguridad y protección a la pequeña población de característico trazado nazarí (que aún conserva) surgida a orillas del río Borosa.
En este oasis de verde valle y escalpadas cumbres, donde el aguan cantaba una sinfonía de apacible calma y en ocasiones de hermosa violencia, el rey veía crecer a su hija su más entrañable amor.
Cuando el piafar de los cascos de los soldados del arzobispo de Toledo Ximénez de Rada avanzaban por el valle del Guadalquivir ya sabía el rey de Cazorla que aquellas razias iban a devastar sus posesiones como años antes habían hecho con Quesada y que su reino no podía resistir la violencia de los castellanos.
El mandatario de Cazorla tomo las medidas que permitían el éxodo de su gente hacia tierras más seguras del los reinos de Almería y de Granada, de los que podrían regresar cuando el peligro hubiese pasado.
Mientras que por los puertos de Tíscar, se despoblaba el reino de Cazorla su gobernante cavilaba como salvar a su hija de la penuria del éxodo y del exilio que tal vez podía implicar la cautividad o la muerte, ocurriéndosele la idea de ocultarla en el castillo hasta él pudiera volver a rescatarla. Decidido que la princesa permaneciera oculta en unas habitaciones secretas que él solo conocía. Confinada en un subterráneo seguro por el que se filtraba el agua del rio cercano, bien provista de alimentos, lucerna y todo lo necesarias para resistir recluida el tiempo suficiente de que él pudiera volver a recogerla, suponiendo que el ejercito castellano pasaría sin detenerse por la poca importancia estratégica que tenia aquel territorio en la toma de Córdoba que era la idea preponderante del rey castellano leones.
Sellada la puerta que protegería a la joven de las tropelías del enemigo, espoleo el caballo y se introdujo en la sierra donde una emboscada de los hombres del arzobispo acabaron con la vida de aquel rey de Cazorla, la noche de San Juan.
Fernando III reconsidero la importancia de este enclave para detener un posible avance hacia Córdoba, a través de Baza y Cazorla, de tropas andalusíes procedentes de Almería o de Granada, así que nombro adelantado de Castillas arzobispo Ximénez de Rada, su amigo de juventud un buen estratega y militar, que contaba con el respaldo de la poderosas iglesia toledana.
Ocupada la fortaleza por los castellanos, el tiempo transcurría inexorablemente contra la cautiva princesa que veía como mientras se le agotaban las provisiones un sopor de sueño mágico envolvió sus carencias y sus desesperanzas. Agotado el aceite de los candiles sus ojos se adaptaron a la oscuridad cavernaria mientras calmaba su sed en las humedad que destilaban las paredes cubiertas de verdina y su hambre de incesto que empezó a ingerir cuando ya le quedaba nada que comer. Poco a poco su dulzura fue cambiándose en un deseo de venganzas hacia aquellos invasores que le había despojado de todo convirtiéndola en un espíritu torturado encerrado en un cuerpo que empezaba a metamorfosease, la mitad inferior cada vez más se parecía a un lagarto o a una serpiente, la cual reptaba por las tinieblas anillándose a los pilares que sostenían el castillo Así fue como la desdichada princesa se transformó en Tragantía.
Con la metamorfosis del cuerpo cambio la dulzura de su alma por terroríficos lamentos y palabras de venganza hacia los descendientes de los que habían matado a su padre, y la habían convertido en el monstruo que atemorizaban la mente de los usurpadores del castillo y a los nuevos los habitantes de Cazorla y amenazaba a su descendencia.
A pesar de que nadie vio nunca a la gentil doncella, ni muerta viva, ni siquiera convertida en monstruo, desde entonces, en la noche de San Juan, los niños de Cazorla se apresuran a ir a la cama y estar dormidos antes de que el reloj toque las doce campanadas de la media noche, para que no se cumpla la letra de la fatídica canción que todos conocen, y que dice así:
Yo soy la Tragantía
hija del rey moro,
el que me oiga cantar
no verá la luz del día
ni la noche de San Juan.
Sccc.
Mural cerámico que representa a la Tragantia el la margen izquierda del rio Cazorla o Borosa, Cazorla.