[REQ_ERR: COULDNT_RESOLVE_HOST] [KTrafficClient] Something is wrong. Enable debug mode to see the reason. El Calendario de Córdoba – Cosas de Cordoba

El Calendario de Córdoba

El año de al-Andalus

En la Córdoba del siglo X, el año podía leerse en el cielo, en los campos y en los árboles.

La llegada de una estación modificaba el paisaje; la lluvia cambiaba las posibilidades de la tierra; la aparición de determinadas estrellas señalaba momentos del ciclo anual; y la maduración de los frutos indicaba que había llegado el momento de recogerlos. El tiempo no era solamente una sucesión de días y meses: era un conjunto de transformaciones que afectaban a toda la sociedad.

De esa manera puede entenderse el Calendario de Córdoba, una de las obras más interesantes para acercarnos al conocimiento de la naturaleza y de la vida cotidiana en la Córdoba de al-Andalus.

Su título árabe está relacionado con la idea de dividir y ordenar los tiempos, y precisamente eso es lo que hace: organiza el año y relaciona sus diferentes momentos con los fenómenos astronómicos, meteorológicos, agrícolas y humanos.

Tradicionalmente, el calendario ha sido relacionado con Hasday ibn Shaprut  tambien conocido como Recemundo, el obispo de Elvira  y se ha fechado en torno al año 961, durante el califato de al-Ḥakam II.

Sin embargo, la historia del texto es más compleja de lo que su denominación tradicional podría sugerir.

La investigación moderna ha establecido una estrecha relación entre el Calendario de Córdoba y el Kitāb al-Anwāʾ de ʿArīb ibn Saʿīd, médico, historiador y cortesano de los omeyas de Córdoba, fallecido hacia el año 980. La tesis dedicada a su obra señala que el llamado Calendario de Córdoba constituye el primer texto árabe conocido relacionado con su tratado de anwāʾ y que existen además otras versiones árabes y latinas derivadas o relacionadas con él.

Por ello, más que imaginar un libro de autoría absolutamente simple, conviene contemplarlo como el resultado de una tradición textual en la que confluyeron materiales astronómicos, meteorológicos, agrícolas, médicos y calendáricos.

Y precisamente esa diversidad es una de sus mayores riquezas: El cielo como reloj.

El calendario comienza, por así decirlo, mirando hacia arriba.

La astronomía ocupaba un lugar esencial en la organización del tiempo. Las posiciones del Sol, la Luna y las estrellas ofrecían referencias para reconocer los distintos momentos del año.

El calendario conserva, por ejemplo, una referencia especialmente interesante para nosotros: la tradición que sitúa en septiembre el comienzo del otoño y relaciona el inicio de la estación con el orto del asterismo al-Simāk al-Rāmiḥ. La misma tradición menciona además el Sindhind, una obra fundamental de la astronomía india transmitida y utilizada por la astronomía islámica.

Así, el otoño no era simplemente una fecha escrita, podía ser también una señal en el cielo. La observación astronómica se convertía en una forma de reconocer el tiempo terrestre.

Observar el cielo tenía una finalidad que iba mucho más allá de medir las estaciones.

En la tradición de los anwāʾ, los fenómenos astronómicos se relacionaban con determinados cambios meteorológicos. La aparición o desaparición de determinados astros podía asociarse con lluvias, vientos, cambios de temperatura u otros fenómenos que se repetían aproximadamente en determinadas épocas del año.

Era una forma de astrometeorología basada en la observación acumulada de la naturaleza.

No debemos entender estas relaciones como una meteorología moderna ni atribuirles una capacidad científica de predicción comparable a la actual. Eran, sobre todo, sistemas tradicionales de observación que intentaban encontrar regularidades en el comportamiento de la naturaleza.

Pero muestran algo fundamental: para aquella sociedad, el cielo y el clima formaban parte de un mismo sistema de conocimiento.

Y del clima se pasaba directamente al campo. Cada estación tenía sus trabajos. Cada cultivo tenía sus ritmos. Cada fruto tenía su momento.

El calendario recogía información sobre las labores agrícolas y sobre la evolución de los productos a lo largo del año. De esta manera, el tiempo astronómico y meteorológico se convertía en tiempo agrícola.

El agricultor necesitaba saber cuándo sembrar, cuándo podar, cuándo regar, cuándo recoger y cuándo conservar.

El calendario era, por tanto, una herramienta práctica. No decía solamente qué día era. Decía qué podía hacerse en ese momento del año.

La investigación moderna ha destacado precisamente la importancia de las secciones dedicadas a la agricultura y la medicina dentro de la tradición textual vinculada a ʿArīb.

El Calendario de Córdoba es también una ventana al mundo vegetal.

Los estudios botánicos dedicados específicamente a la obra han analizado las especies que aparecen en ella.

Entre los productos mencionados en la tradición relacionada con el calendario encontramos especies como la cidra o toronja, el arroz, la berenjena, la caña de azúcar, el algodón y el plátano, además de diferentes variedades de otros cultivos.

Esto permite observar la diversidad de la agricultura andalusí, pero también obliga a evitar una interpretación demasiado sencilla.

No todas estas plantas fueron necesariamente introducidas en la Península por los musulmanes ni aparecieron por primera vez en al-Andalus. Algunas tenían antecedentes mediterráneos o peninsulares. Lo que caracteriza al mundo agrícola islámico medieval es, en buena medida, la circulación de especies, su aclimatación, la experimentación agrícola y la extensión de determinadas técnicas de cultivo e irrigación.

El calendario refleja ese proceso de transformación del paisaje.

En una agricultura mediterránea, ningún calendario agrícola podía ignorar el agua.

Las lluvias determinaban buena parte de las posibilidades del campo, pero la sociedad podía también recoger, almacenar y distribuir el agua mediante diferentes sistemas hidráulicos.

El conocimiento de las estaciones estaba por ello estrechamente unido al conocimiento del agua. La lluvia llegaba del cielo. El agua se almacenaba y conducía. La tierra recibía el riego y finalmente aparecía el fruto.

De esta manera podemos seguir una cadena que resume perfectamente el sentido del calendario: cielo, estación, clima, agricultura, cosecha, Córdoba.

La cosecha era el momento en que el paso del tiempo se hacía visible.

Durante meses, el agricultor había seguido el ritmo de la naturaleza. Había observado. Había esperado. Había trabajado. Finalmente llegaba el fruto.

Y aquí el calendario agrícola se convertía en calendario social. Porque la cosecha no pertenecía únicamente al campo. Entraba en los mercados y en las casas. Alimentaba a la población y sostenía una parte fundamental de la economía urbana. El campo y la ciudad eran, por tanto, dos partes de un mismo organismo.

La naturaleza no era algo separado del ser humano. Por eso el calendario incluye también cuestiones relacionadas con la medicina y la higiene.

Las estaciones afectaban a la alimentación, a las costumbres y a las condiciones del cuerpo. La medicina medieval prestaba atención a los cambios ambientales y a la necesidad de adaptar determinados hábitos a las condiciones de cada época del año.

La agricultura y la medicina podían aparecer juntas porque ambas respondían a una misma concepción: la vida humana estaba integrada en los ritmos de la naturaleza.

Otro aspecto especialmente significativo del calendario es que conserva referencias relacionadas con diferentes comunidades y tradiciones religiosas.

La investigación sobre los textos vinculados al Kitāb al-Anwāʾ de ʿArīb ha señalado la presencia de información sobre celebraciones de cristianos y judíos, además de efemérides y acontecimientos relacionados con el mundo islámico.

Esto convierte al calendario en algo más que un tratado agrícola. También es un documento sobre la sociedad. En él aparecen, directa o indirectamente, distintas formas de organizar el tiempo: el tiempo de las estaciones, el tiempo agrícola, el tiempo religioso y el tiempo social.

El destino del Calendario de Córdoba no terminó en la sociedad que lo produjo.

La obra tuvo una importante transmisión posterior en lengua latina. Una de las versiones latinas ha sido atribuida tradicionalmente a Gerardo de Cremona.

Esto es importante porque muestra cómo los conocimientos elaborados en el mundo andalusí podían continuar circulando por el Mediterráneo y entrar en el ámbito intelectual latino.

Su contenido astronómico, meteorológico y agrícola participó en una historia mucho más amplia de transmisión del conocimiento entre las culturas árabe, latina y mediterránea.

Quizá la mejor manera de definir el Calendario de Córdoba sea llamarlo una enciclopedia del tiempo. En sus páginas podemos encontrar: astronomía, meteorología, agricultura, botánica, medicina, higiene, navegación, costumbres, celebraciones religiosas, acontecimientos históricos.

La tesis dedicada a ʿArīb destaca precisamente esa amplitud y señala que las secciones agrícolas y médicas constituyen algunas de las partes más extensas y ricas de la tradición textual.

Todo ello responde a una misma necesidad: comprender el año.

El calendario de una ciudad Y detrás de todo aparece Córdoba.

Una Córdoba rodeada de campos, huertas, olivares, viñas y almunias. Una ciudad cuyo abastecimiento dependía de los territorios agrícolas que la rodeaban y cuyo ambiente intelectual permitía reunir y ordenar conocimientos procedentes de tradiciones diversas.

El Calendario de Córdoba nos ayuda a mirar esa ciudad desde una perspectiva diferente. No solamente desde sus mezquitas. No solamente desde sus palacios. No solamente desde sus bibliotecas.

También desde sus campos. Porque una gran ciudad necesita alimentos, agua, agricultores, mercados y estaciones. Necesita conocer cuándo llega la lluvia y cuándo llega la cosecha. Y necesita convertir los frutos de su territorio en vida urbana.

El valor del Calendario de Córdoba está, finalmente, en que nos permite imaginar una relación con el tiempo muy diferente de la nuestra.

Hoy miramos el calendario para saber qué día es.

El agricultor de la Córdoba medieval necesitaba mirar el mundo para saber qué momento del año había llegado. Miraba el cielo. Observaba las estrellas. Sentía el cambio del clima. Seguía el crecimiento de las plantas. Esperaba la maduración. Y recogía la cosecha.

Por eso el calendario puede resumirse en una secuencia sencilla: el cielo anuncia; la estación transforma; el clima condiciona; la agricultura trabaja; la cosecha culmina; y Córdoba recibe.

El Calendario de Córdoba no era solamente una manera de contar los días. Era una manera de comprender la vida a través del tiempo. Y quizá esa sea su imagen más hermosa: un año escrito simultáneamente en las estrellas, en la tierra y en los frutos. sccc.-

Fotografia del mosaico de museo Arqueológico de Córdoba, La caída de las hojas y los frutos maduros que nos acompañara desde equinoccio otoñal hasta el solsticio del inviernos, nos anunciaran una nueva esperanza en la vida.