TOMBUCTU: ENTRE EL MITO, EL ORO Y LA MEMORIA ANDALUSÍ

Hay nombres de ciudades que parecen contener en sí mismos una historia entera. Tombuctú es uno de ellos. Durante siglos, su nombre evocó en Europa riquezas fabulosas, caravanas perdidas en el Sahara, ciudades de barro, manuscritos, oro y sabios. Pero la verdadera historia de Tombuctú es mucho más compleja que la leyenda que nació alrededor de ella.
Situada en el norte de la actual República de Malí, en las proximidades del gran arco del río Níger y en la puerta del Sahara, Tombuctú fue durante siglos un extraordinario punto de encuentro entre el África subsahariana y el Magreb. Por sus mercados pasaban oro, sal, cereales, ganado, tejidos, manuscritos y otros productos transportados por las grandes caravanas transaharianas que llevaba su oro a la capital de loa Omeyas andaluces. Su importancia económica estuvo inseparablemente unida a su importancia intelectual y religiosa.
La ciudad alcanzó su máximo esplendor entre los siglos XV y XVI. La mezquita de Djingareyber, la de Sankoré y la de Sidi Yahia son hoy los grandes testimonios de aquel pasado. UNESCO considera Tombuctú uno de los grandes centros intelectuales y espirituales del África islámica medieval y destaca especialmente el papel de sus madrasas y de la tradición manuscrita.
Los orígenes de Tombuctú se relacionan tradicionalmente con poblaciones tuareg y con un asentamiento que fue adquiriendo carácter permanente entre los siglos XI y XIV. Su posición era extraordinariamente favorable: situada entre el Sahara y las tierras fértiles de la cuenca del Níger, permitía conectar las rutas caravaneras del norte con los grandes centros comerciales del África occidental.
No debe imaginarse, sin embargo, que Tombuctú surgió repentinamente como una ciudad de oro. Su riqueza procedía principalmente de su condición de encrucijada comercial. El oro procedente de las regiones situadas más al sur llegaba a los mercados del Níger y desde allí era intercambiado por sal sahariana y por mercancías procedentes del norte.
La ciudad quedó sucesivamente vinculada a grandes formaciones políticas africanas. Durante el siglo XIV pasó a estar integrada en el ámbito del Imperio de Malí y, posteriormente, en el del Imperio Songhay. En 1468 fue incorporada al poder songhay por Sonni Ali. Durante el reinado de Askia Muhammad, iniciado en 1493, Tombuctú vivió una extraordinaria expansión intelectual y religiosa.
Uno de los personajes fundamentales para comprender la fama posterior de Tombuctú es Mansa Musa, soberano del Imperio de Malí.
Su célebre peregrinación a La Meca convirtió su figura en una leyenda mucho más allá de África. Su séquito y la cantidad de oro que llevó consigo impresionaron a los contemporáneos y contribuyeron a difundir por el mundo islámico la imagen de un imperio extraordinariamente rico.
El desarrollo de Tombuctú estuvo relacionado con aquel proceso de expansión política, comercial e intelectual. A la ciudad llegaron juristas, teólogos, maestros y comerciantes procedentes de distintas regiones del mundo. Se desarrollaron mezquitas, madrasas y bibliotecas, y la ciudad acabó convirtiéndose en uno de los grandes centros del saber islámico del África occidental.
La Universidad o complejo educativo de Sankoré se convirtió en uno de los símbolos de aquella tradición. Tombuctú llegó a contar con numerosas escuelas coránicas y el comercio de manuscritos fue una de las actividades que contribuyeron a su extraordinaria importancia cultural.
Es precisamente el mundo andalusí donde la historia de Tombuctú adquiere un especial interés para la historia de la península ibérica.
Las relaciones entre el Magreb, al-Ándalus y África occidental fueron mucho más intensas de lo que durante mucho tiempo se reconoció en la historiografía europea. Sabios, comerciantes, viajeros y familias de origen andalusí circularon por las ciudades del norte de África y, desde allí, algunos llegaron a las regiones del Sahel.
La influencia andalusí no debe entenderse como una colonización de Tombuctú —concepto completamente anacrónico—, sino como parte de la circulación de personas, conocimientos y tradiciones dentro del mundo islámico medieval.
Un ejemplo extraordinario de estas conexiones fue el granadino Abu Ishaq al-Sahili, a quien tiene un papel fundamental en la arquitectura patrocinada por Mansa Musa.
Así, cuando contemplamos hoy las grandes mezquitas de Tombuctú, estamos contemplando también un espacio cultural en el que confluyeron tradiciones africanas, magrebíes y, andalusíes.
Otro testimonio fundamental es el del viajero Ibn Battuta, que visitó el territorio del Imperio de Malí en el siglo XIV.
Su relato demuestra que Tombuctú formaba ya parte de las redes intelectuales y comerciales del mundo islámico mucho antes de que los exploradores europeos del siglo XIX comenzaran a buscarla.
Este hecho es importante porque desmonta una de las ideas más persistentes de la literatura europea: Tombuctú no fue una ciudad desconocida hasta el siglo XIX. Era perfectamente conocida por los geógrafos, comerciantes, juristas y viajeros, aunque su existencia y su riqueza llegaran a Europa rodeadas de exageraciones.
A medida que los europeos recibían noticias fragmentarias sobre África occidental, Tombuctú comenzó a transformarse en una especie de El Dorado africano.
Los relatos sobre las caravanas, el oro de Malí y la riqueza de sus soberanos alimentaron una imagen fantástica de la ciudad. Los mapas europeos fueron incorporando progresivamente su nombre, aunque durante siglos la información disponible fuera escasa y muchas veces indirecta.
La fama de Tombuctú aumentó hasta convertirse en uno de los grandes objetivos de los europeos.
Pero hay que hacer una precisión fundamental, los exploradores europeos no fueron los primeros en llegar a Tombuctú. La ciudad estaba perfectamente integrada en las redes comerciales y culturales andalusíes desde siglos IX.
En 1590 aparece una de las figuras más fascinantes de toda esta historia: Yuder Pachá, conocido también como Judar o Yauder Pachá. Nacido en Las Cuevas de Almanzora, en la actual provincia de Almería. Establecido en el sultanato saadí, alcanzó una posición de gran confianza dentro del su ejército.
El sultán de la dinastía saadí, gobernante en el actual Marruecos, Ahmad al-Mansur decidió aprovechar la crisis del Imperio Songhay para lanzar una expedición hacia la cuenca del Níger. El objetivo era controlar las rutas comerciales y, sobre todo, acceder a las riquezas que llegaban a través de ellas.
Yuder Pachá recibió el mando de la expedición y en 1590 su ejército atravesó el Sahara. La marcha fue extraordinariamente difícil, pero la fuerza disponía de una ventaja decisiva: armas de fuego y artillería.
El 12 o 13 de marzo de 1591 tuvo lugar la batalla de Tondibi, cerca de Gao. Las fuerzas songhay, muy superiores numéricamente, fueron derrotadas por el ejército invasor, cuya artillería y arcabuces tuvieron un efecto decisivo. Las fuentes modernas difieren en algunos detalles de las cifras y de la composición del ejército, por lo que conviene evitar las cantidades excesivamente precisas que aparecen en relatos posteriores.
Después de la victoria, las fuerzas de Yuder Pachá ocuparon Gao y posteriormente Tombuctú.
De aquella conquista surgió una realidad histórica de enorme interés: los Arma. El término está relacionado con el mundo militar y se aplicó a los descendientes de los soldados que participaron en la conquista saadí de la región. Su composición fue diversa: andalusíes, moriscos y otros soldados islamizados formaron parte de aquel proceso.
Con el paso del tiempo, aquellos grupos se integraron en las sociedades locales y formaron una nueva realidad política y social.
Por eso resulta especialmente interesante la tradición que relaciona a los Arma con los andalusíes y con la conservación de determinadas palabras y tradiciones de origen hispánico. Sin embargo, no debe afirmarse que todos los Arma fueran descendientes directos de moriscos. La realidad fue mucho más heterogénea.
La propia explicación del nombre «Arma» es objeto de debate. Una tradición muy extendida lo relaciona con la expresión castellana «¡al arma!», mientras que la historiografía académica ha relacionado también el término con el árabe rumāt, «tiradores» o «fusileros». Por ello, conviene presentar la primera explicación como una tradición y no como un hecho demostrado.
La conquista no convirtió a Tombuctú en una ciudad más rica. Paradójicamente, marcó el comienzo de una larga transformación.
El gran sueño de encontrar enormes cantidades de oro en las proximidades de Tombuctú se reveló parcialmente ilusorio. El oro llegaba a la ciudad, pero las principales zonas auríferas estaban mucho más al sur.
Además, la conquista alteró profundamente las estructuras políticas y comerciales de la región. Tombuctú mantuvo su importancia intelectual, pero perdió progresivamente parte del esplendor económico que había alcanzado durante la época songhay.
Aun así, su tradición intelectual sobrevivió. Los manuscritos de Tombuctú constituyen hoy uno de los grandes testimonios de la cultura escrita africana.
Durante siglos, la imaginación europea siguió construyendo una Tombuctú fabulosa.
En el siglo XIX comenzó la carrera por alcanzar físicamente la ciudad y regresar con una descripción fiable.
El primero de los grandes exploradores europeos de esta etapa fue el escocés Alexander Gordon Laing, que llegó a Tombuctú el 18 de agosto de 1826. Sin embargo, fue asesinado poco después de abandonar la ciudad.
Dos años después, el francés René Caillié consiguió llegar a Tombuctú y regresar vivo. Su viaje tuvo una enorme repercusión en Europa y le valió el reconocimiento de la Sociedad Geográfica francesa.
Por tanto, cuando el andaluz Cristóbal Benítez González llegó a Tombuctú en 1880, la ciudad ya había sido visitada por otros exploradores europeos.
Pero su viaje tiene una característica extraordinaria: Benítez fue uno de los grandes viajeros españoles del siglo XIX que alcanzaron Tombuctú y dejó un testimonio escrito de su experiencia.
La historia de Tombuctú está tan cargada de mitos que resulta imprescindible distinguir entre ambos.
Tombuctú fue un importante centro comercial transahariano.
Alcanzó una extraordinaria importancia intelectual y religiosa durante los siglos XV y XVI.
Formó parte del Imperio de Malí y posteriormente del Imperio Songhay.
La expedición saadí, de 1590-1591 derrotó al Imperio Songhay y ocupó Tombuctú.
El andaluz Yuder Pachá desempeñó un papel fundamental en aquella conquista.
La conquista dio origen a una nueva élite militar y política conocida como los Arma.
Gordon Laing llegó a Tombuctú en 1826 y murió poco después.
René Caillié llegó en 1828 y regresó vivo a Europa.
Oskar Lenz y Cristóbal Benítez llegaron a Tombuctú el 1 de julio de 1880.
Benítez dejó testimonio escrito de su expedición, publicado en forma de libro en 1899.
Debe tratarse como tradición o hipótesis Que todos los Arma fueran descendientes directos de moriscos.
Que el nombre «Arma» proceda con certeza de la expresión castellana «¡al arma!». Existe esa tradición, pero también una explicación lingüística vinculada al árabe rumāt.
Que Cristóbal Benítez fuera literalmente «el primer español» en llegar a Tombuctú.
Que la conquista de Yuder Pachá supusiera simplemente la llegada de «los españoles» a África: se trataba de una expedición al servicio del sultanato saadí, compuesta por grupos diversos.
Que Tombuctú fuera una ciudad pavimentada de oro. El oro circulaba por sus mercados, pero la ciudad era sobre todo un gran centro de intercambio entre las rutas saharianas y las regiones auríferas del sur.
La historia de Tombuctú es, en realidad, una historia de encuentros.
Encuentro entre el Sahara y el Níger. Entre África y el Magreb. Entre comerciantes y sabios. Entre las culturas tuareg, songhay, árabe y bereber. Entre el mundo islámico africano y el Mediterráneo. Y también, en determinados momentos, entre al-Ándalus y África occidental.
El almeriense Yuder Pachá representa el episodio militar de aquella conexión; los Arma, su prolongación social y política; los manuscritos de Tombuctú, su dimensión intelectual; y Cristóbal Benítez, siglos después, la mirada de un viajero malagueño que atravesó el Sahara para contemplar con sus propios ojos aquella ciudad que durante generaciones había sido casi una palabra mágica en Europa.
Quizá la verdadera riqueza de Tombuctú nunca estuvo en el oro que los europeos imaginaron encontrar.
Estaba en su posición entre dos mundos, en sus caravanas, en sus mezquitas, en sus bibliotecas y en sus manuscritos; en la capacidad de una ciudad aparentemente perdida en el desierto para convertirse durante siglos en uno de los grandes centros intelectuales de África. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Fotografía de la mezquita de Djinguereber en Tombuctú. Diseñada por el arquitecto granadino Abu Haq Es Saheli

Parete de la Mezquita de Djingareyber.

La torre central de la mezquita

Aeropuerto de Tombuctu

Mezquita de Djingareyber en Tombuctú

Manuscritos restaurados de Tombuctú sobre astronomía