Cuando el cielo se oscureció sobre el Califato de Córdoba

Durante el siglo X, en pleno esplendor del Califato de Córdoba, los habitantes de al-Ándalus pudieron contemplar algunos de los fenómenos astronómicos más impresionantes que puede experimentar el ser humano: eclipses de Sol y de Luna que transformaban durante unos minutos el aspecto del cielo.
Para una sociedad que no disponía de los conocimientos científicos actuales, contemplar cómo el Sol desaparecía en pleno día, cómo la luz se debilitaba de repente o cómo la Luna adquiría tonalidades extrañas podía resultar desconcertante e incluso aterrador.
Pero la Córdoba califal no era una sociedad ajena a la astronomía. Todo lo contrario.
La astronomía tenía una enorme importancia en el mundo andalusí. Era necesaria para determinar los momentos de la oración, establecer el comienzo de los meses lunares, orientar las mezquitas y calcular determinados acontecimientos del calendario religioso. Por ello, el estudio de los astros alcanzó en al-Ándalus un extraordinario desarrollo.
En la corte de Abderramán III y, sobre todo, durante el gobierno de al-Hakam II, Córdoba se convirtió en uno de los grandes centros intelectuales de Occidente.
La llegada y traducción de obras procedentes del mundo griego, persa e indio permitió que los astrónomos andalusíes heredaran conocimientos de siglos anteriores y los perfeccionaran.
Los eclipses constituían además una oportunidad excepcional para poner a prueba las observaciones y los cálculos astronómicos.
Un eclipse solar total debió de ser especialmente impresionante. La Luna se interpone entre la Tierra y el Sol y, durante unos minutos, el paisaje puede quedar sumido en una oscuridad extraordinaria. La temperatura desciende. Los animales pueden modificar su comportamiento. Las estrellas y algunos planetas brillantes pueden hacerse visibles. Y el Sol, que para las sociedades antiguas representaba una de las certezas fundamentales de la existencia, parece desaparecer.
Hoy sabemos exactamente qué está ocurriendo. En la Córdoba del siglo X, en cambio, una parte de la población podía interpretar el fenómeno desde las creencias, los presagios y el temor a lo desconocido. No sería extraño que un eclipse provocara inquietud entre quienes no conocían su explicación astronómica. Y en un ejército, donde miles de hombres podían encontrarse lejos de sus hogares, cualquier fenómeno extraordinario podía adquirir todavía mayor fuerza psicológica.
Imaginar un ejército detenido ante un cielo que comienza a oscurecerse de manera inexplicable permite comprender hasta qué punto un eclipse podía convertirse en un acontecimiento perturbador.
Sin embargo, debemos ser prudentes con una afirmación: no todas las crónicas que describen eclipses hablan de soldados aterrorizados, y no podemos afirmar que cada eclipse provocara pánico generalizado.
Lo que sí sabemos es que los eclipses fueron observados y registrados por los astrónomos medievales, y que en determinados contextos los fenómenos celestes podían interpretarse como señales extraordinarias.
Lo verdaderamente fascinante es que, mientras una parte de la población podía contemplar el cielo con temor, los sabios de Córdoba intentaban comprenderlo.
La astronomía andalusí se apoyó en la tradición de Ptolomeo, en conocimientos procedentes de Persia y de la India y en las aportaciones de los astrónomos musulmanes de Oriente.
Los instrumentos astronómicos permitían medir la posición de los astros y mejorar los cálculos.
Entre ellos destacaba el astrolabio, utilizado para determinar la posición de las estrellas y realizar cálculos relacionados con la hora y la orientación.
Con el tiempo, al-Ándalus produciría figuras extraordinarias como Maslama al-Maŷritī, nacido en Madrid en el siglo X y considerado uno de los grandes astrónomos de al-Ándalus.
Sus trabajos contribuyeron a introducir y adaptar conocimientos astronómicos procedentes de Oriente y a desarrollar el estudio matemático de los movimientos celestes.
En una sociedad medieval, los fenómenos celestes no pertenecían únicamente al ámbito de la ciencia. También podían interpretarse como señales.
Un eclipse podía ser considerado un presagio de guerra, enfermedad, muerte o cambio político.
Por eso, cuando el cielo se oscurecía sobre Córdoba, el fenómeno podía tener una doble lectura:
Para el astrónomo: un acontecimiento calculable. Para quien desconocía su causa: un misterio. Y para quien gobernaba: un acontecimiento que podía influir en el ánimo de la población.
Esta diferencia entre conocimiento científico y percepción popular nos permite comprender mejor la sociedad del Califato.
Córdoba era al mismo tiempo una ciudad profundamente religiosa y una de las sociedades intelectualmente más avanzadas de la Europa de su tiempo.
Los eclipses poseen además una característica extraordinaria para el historiador: pueden calcularse retrospectivamente.
Gracias a la astronomía moderna podemos determinar cuándo fueron visibles determinados eclipses desde Córdoba y comparar esos cálculos con las crónicas medievales.
De esta manera, un fenómeno descrito hace más de mil años puede convertirse en una auténtica referencia cronológica.
El cielo se transforma así en un gigantesco calendario histórico.
Hace más de mil años, sobre la Córdoba califal, el Sol pudo desaparecer durante unos instantes.
La gente miró hacia arriba. Algunos quizá rezaron. Otros pudieron sentir miedo. Y los astrónomos intentaron comprender lo que estaba sucediendo.
Aquellos hombres todavía no conocían la naturaleza física de las estrellas como nosotros. Pero ya habían comenzado a hacer algo fundamental: medir el cielo para comprender la Tierra.
Y quizá esa sea una de las imágenes más poderosas del Califato de Córdoba: Mientras abajo se construían palacios, mezquitas, puentes y bibliotecas, arriba, los astrónomos cordobeses observaban un universo que todavía (Igual que ahora) estaba lleno de misterios.
Durante unos minutos, el cielo cambió. Y Córdoba levantó la mirada. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Fotografia del Disco de Nebra, donde encontramos una clara representación del Sol, la Luna e incluso las Pléyades, es una de las primeras representaciones del Sol y la Luna, junto a otros elementos astronómicos, de la Edad de Bronce cuyo origen se remonta al segundo milenio antes de nuestra era.