
Nacimiento de un mito del toreo
El 2 de julio de 1939, apenas tres meses después de finalizar la Guerra Civil Española, la histórica plaza de toros del Arenal de Sevilla fue escenario de uno de los acontecimientos más trascendentales de la tauromaquia del siglo XX: Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete” tomó la alternativa, iniciando oficialmente la carrera que pocos años después lo convertiría en la máxima figura del toreo mundial.
Aquella tarde no solo nacía un nuevo matador de toros; comenzaba la leyenda del cuarto Califa del Toreo. Sevilla, acogía con enorme expectación la presentación definitiva de un joven cordobés del que ya se hablaba como poseedor de un concepto del toreo distinto, sobrio, vertical y profundamente emocionante.
La corrida se celebró en un ambiente de extraordinaria expectación. La afición sevillana, deseosa de volver a disfrutar de las grandes tardes taurinas tras los años de guerra, llenó los tendidos de una plaza que recuperaba poco a poco la normalidad. Como señalaron las crónicas de la época, el festejo se desarrolló “en ese ambiente expectante y ruidoso que constituye el alma y la sal de las grandes tardes de toros”.
El padrino de la ceremonia fue Manuel Jiménez Moreno “Chicuelo”, uno de los grandes renovadores del toreo moderno, creador de un estilo elegante y artístico que influiría decisivamente en generaciones posteriores. Chicuelo estaba unido además a Córdoba por razones familiares y sentimentales, pues era esposo de Dora “la Cordobesita”, la célebre cantaora flamenca inmortalizada en varios lienzos de Julio Romero de Torres, quien abandonó buena parte de su carrera artística tras contraer matrimonio con el maestro sevillano.
Completaba el cartel Rafael Vega de los Reyes “Gitanillo de Triana”, otro torero de enorme personalidad y arte, que años más tarde compartiría con Manolete el último paseíllo del maestro cordobés en la trágica corrida de Linares de 1947.
Los toros pertenecían a la prestigiosa ganadería de Parladé, una de las divisas más cotizadas del momento. El toro destinado a la ceremonia de alternativa era un negro zaino, herrado con el número seis, de poderosa estampa, bien armado y de excelente presentación. Las crónicas lo describen como «gordo, bien puesto, alto de agujas, ¡un buen mozo!».
Existe, además, una curiosidad poco conocida. Inicialmente el animal había sido inscrito con el nombre de “Comunista”, denominación que, dadas las circunstancias políticas de la España recién salida de la Guerra Civil, resultaba claramente inconveniente. Poco antes del festejo fue sustituido discretamente por el de “Mirador”, con el que finalmente pasó a la historia taurina.
Desde los primeros lances de capa pudo comprobarse la extraordinaria serenidad del joven cordobés. Junto a las tablas del tendido siete recibió al toro con un toreo reposado, ajustado y de impecable temple. Los aplausos surgieron inmediatamente, repitiéndose tras un primer quite ejecutado con la natural elegancia que comenzaba a distinguir su concepto taurino.
Chicuelo tomó los trastos de matar y, cumpliendo el antiguo ritual taurino, los depositó en manos de Manuel Rodríguez. Después de saludar respetuosamente a la presidencia, el joven espada ofreció la faena a toda la plaza, simbolizando así su ingreso oficial entre los matadores de toros.
Las crónicas describieron aquel momento con emoción: Chicuelo puso en las idóneas manos de Manuel Rodríguez los trastos de matar, y allá fue el neófito, después de saludar a la presidencia, a ofrecer a la plaza entera las primicias de su ascenso.
En torno a ese instante ha perdurado una de las anécdotas más repetidas por la literatura taurina, aunque probablemente adornada por el paso del tiempo.
Según la tradición, el diálogo entre ambos maestros habría transcurrido de esta manera:
—Chicuelo: El toro es bueno. ¡Manolo, suerte!
—Manolete: Creo que está mejor por el derecho, ¿no?
—Chicuelo: Está mejor por donde tú quieras. Tú eres Manolete y hasta podrás torearlo al natural. Pon aquí el capote, coge la muleta y la espada… Un abrazo y ¡suerte!
Cuando ambos iban a separarse, el joven cordobés añadió con toda naturalidad:
—Mi madre me ha dado recuerdos para Dora.
A lo que Chicuelo, entre sonriente y sorprendido, respondió:
—¡Hombre, eso déjalo para después! Ahora… ¡a por el toro!
La conversación, refleja perfectamente la serenidad que siempre caracterizó al joven torero, capaz de mantener la calma incluso en el momento más importante de su carrera.
Con su característica quietud, dominó a un toro que tendía a quedarse corto y que exigía un toreo firme. Tras varios ayudados por alto, un magnífico pase de pecho y una serie de naturales ejecutados con un ceñimiento extraordinario, condujo la embestida con un temple impropio de un matador recién doctorado.
Los adornos posteriores, sobrios y elegantes, demostraban ya el estilo personal que acabaría revolucionando la tauromaquia: quietud absoluta, economía de movimientos y una verticalidad que convertía cada pase en una auténtica lección de clasicismo.
Manolete ejecutó un volapié perfecto, entrando a matar despacio, cruzándose con pureza, bajando la muleta y dejando la espada en todo lo alto. El toro cayó, sin necesidad del puntillero. La plaza estalló en una ovación.
Las dos orejas concedidas por la presidencia y la entusiasta vuelta al ruedo certificaban que acababa de incorporarse a la primera fila del toreo un joven llamado a marcar una época.
Uno de los cronistas resumió magistralmente aquella impresión: Las orejas y la ovación circular y entusiasta refrendaron el ingreso del joven paisano de Guerrita en la más alta categoría del arte.
Durante el resto de la corrida Manolete confirmó las excelentes sensaciones dejadas en su primer toro. Dirigió con autoridad las lidias que le correspondían, intervino únicamente cuando era necesario, ejecutó quites breves y eficaces y dejó unas magníficas verónicas al sexto toro que fueron muy celebradas por el público sevillano.
El último de la tarde llegó al tercio final con fuerza y codicia. Manolete volvió a muletearlo con valor y serenidad, aunque la muerte se complicó extraordinariamente. Su empeño por ejecutar la estocada con absoluta pureza, sin recurrir a recursos menos ortodoxos, le obligó a entrar a matar en repetidas ocasiones.
Las crónicas señalaron que necesitó seis o siete entradas porque se propuso hacerlo con la pureza de su admirable estilo, sin advertir que el trance exigía rapidez suma. Aquella obstinación por hacer siempre el toreo tal como él entendía que debía ejecutarse sería una constante durante toda su carrera.
La alternativa de Sevilla constituyó el comienzo de una trayectoria irrepetible. Apenas unos años después, Manolete se convertiría en el gran dominador de la tauromaquia española, llenando plazas en España, Portugal y América y dando origen a un estilo tan personal que marcaría para siempre la historia del toreo. Aquella tarde del 2 de julio de 1939 no nació únicamente un nuevo matador; nació una leyenda cuyo nombre continúa siendo, cerca de noventa años después, sinónimo de clasicismo, valor y grandeza taurina. Soledad Carrasquilla Caballero sccc.-
Fotogracia del traje de Luces de Manolete que se encuentra en el Museo Taurino de Córdoba