
La caja de fósforos y los cerilleros: un objeto cotidiano hoy casi desaparecido
La caja de fósforos, un utensilio cada vez menos frecuente desde la generalización de los encendedores de gas, los dispositivos eléctricos de ignición y el progresivo abandono del hábito de fumar, fue durante más de un siglo un objeto imprescindible en la vida cotidiana. Encender una lámpara de aceite, una vela, una cocina económica, un brasero, una chimenea o un cigarrillo dependía muchas veces de llevar encima una simple caja de cerillas.
La caja de fósforos es, en esencia, un pequeño estuche destinado a contener y proteger los cerillos o fósforos. Su diseño más habitual consistía en una cubierta exterior de cartón dentro de la cual se deslizaba un cajón independiente. También existieron modelos con tapa articulada o de bisagra, sujetas mediante bandas elásticas o pequeños cierres que evitaban la caída accidental de las cerillas.
Sin embargo, junto a las sencillas cajas de cartón aparecieron los llamados cerilleros, auténticos estuches reutilizables que permitían transportar los fósforos de forma más segura y elegante. Se fabricaron en multitud de materiales: metal, madera, cobre, latón, plata, concha, nácar, marfil, hueso, cuero, celuloide e incluso materiales preciosos destinados a las clases acomodadas.
Muchos de estos cerilleros eran pequeñas obras de artesanía. Los había decorados con grabados, esmaltes, escudos heráldicos, motivos florales o escenas costumbristas. Algunos adoptaban formas caprichosas: animales, botas, instrumentos musicales, libros en miniatura o pequeñas cajas de aspecto oriental. No faltaban tampoco los modelos publicitarios, muy populares a finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Una característica curiosa de algunos cerilleros de bolsillo era la incorporación de un pequeño cilindro metálico destinado a alojar una mecha nitrada. Esta mecha podía mantenerse encendida durante cierto tiempo y permitía prender fuego incluso en condiciones de viento, algo especialmente útil para marineros, soldados, cazadores o viajeros.
En las viviendas existían también modelos específicos para el hogar. Los más comunes eran los cerilleros de sobremesa, fabricados en maderas nobles, cristal tallado, porcelana o metal. Solían colocarse sobre mesas, aparadores o escritorios y debían tener suficiente peso para permanecer estables mientras se encendía una cerilla.
Muchos disponían de tapa abatible o de charnela para proteger el contenido de la humedad, principal enemigo de los fósforos. Además, incorporaban una superficie rugosa o raspador donde frotar la cabeza de la cerilla para producir la ignición.
En las cocinas tradicionales eran muy habituales los cerilleros de pared, colgados cerca del fogón o de la chimenea. Generalmente carecían de tapa para facilitar el acceso rápido a las cerillas y estaban fabricados en cerámica, hierro esmaltado o madera. En Andalucía podían verse hasta bien entrado el siglo XX junto a los anafres, cocinas de carbón y braseros.
También existieron modelos incorporados a otros objetos domésticos, como palmatorias, candeleros, lámparas de aceite o quinqués. De esta manera se podía disponer siempre de fuego junto a la fuente de iluminación.
Aunque hoy parecen un objeto humilde, las cerillas supusieron una auténtica revolución tecnológica. Antes de su invención encender fuego requería pedernal, eslabón y yesca, un proceso lento y poco práctico.
Las primeras cerillas químicas aparecieron a comienzos del siglo XIX. En 1826, el farmacéutico inglés John Walker creó las primeras cerillas de fricción realmente funcionales. Décadas después surgieron las cerillas de seguridad, inventadas en Suecia, que separaban los componentes químicos entre la cabeza de la cerilla y la superficie de raspado, reduciendo enormemente el riesgo de incendios accidentales.
Durante la segunda mitad del siglo XIX las cajas de fósforos se convirtieron en un objeto omnipresente. Millones de ellas se producían cada año y muchas empresas aprovecharon sus etiquetas para realizar publicidad. En España, las antiguas fábricas de cerillas distribuyeron miles de diseños que hoy son codiciados por los coleccionistas.
La afición a coleccionar cajas de fósforos y etiquetas recibe el nombre de filumenia, palabra derivada del griego philos (amor) y del latín lumen (luz). Existen coleccionistas especializados en cajas completas, etiquetas, cerilleros antiguos o publicidad relacionada con la industria cerillera.
Actualmente los cerilleros y cajas de fósforos forman parte de la memoria material de varias generaciones. Lo que durante décadas fue un objeto indispensable ha pasado a convertirse en una curiosidad histórica, testimonio de una época en la que llevar fuego en el bolsillo era una necesidad cotidiana y no una simple opción. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
Caja de cerillas en la que aparece litografiado el puente romano de Córdoba visto desde el Campo de la Verdad.