
El primitivo cuadro que ocupaba el lugar donde hoy se encuentra la popular imagen de la Virgen de los Faroles —una Asunción reinterpretada posteriormente— fue obra de Antonio Fernández de Castro, sacerdote, pintor barroco andaluz y racionero de la Catedral de Córdoba. Aquella primera pintura, profundamente enraizada en la estética religiosa de su tiempo, desapareció trágicamente en el incendio de 1928, dejando vacío un espacio cargado de devoción y simbolismo en la ciudad.
Ante esta pérdida, el Ayuntamiento de Córdoba decidió encargar una nueva obra al célebre pintor cordobés Julio Romero de Torres. Sin embargo, esta elección no estuvo exenta de polémica. Parte de la sociedad cordobesa recibió la noticia con escándalo y recelo: ¿cómo podía confiarse la representación de una imagen sagrada a un artista conocido por sus pinturas de mujeres sensuales, figuras populares e incluso ambientes considerados marginales? Esta contradicción entre lo sagrado y lo profano dio lugar a comentarios críticos y a la aparición de un apodo cargado de ironía y controversia: el de “la virgen puta”.
La polémica se vio alimentada por la identidad de la modelo elegida por el pintor. Se trataba de Carmen Gabuccio Sánchez -Mármol, una mujer de origen mexicano que también posó para otras obras del artista, Cabeza de monja o La niña del cohete. Lejos de la imagen que algunos quisieron atribuirle, Carmen no era una prostituta, sino una figura compleja y singular, vinculada a episodios históricos de gran relevancia.
Hermana de Aníbal Gabuccio, quien participó en la Revolución Mexicana de 1910 y más tarde en la Guerra Civil Española como teniente coronel de artillería en la defensa de Madrid bajo las órdenes del general Kléber, Carmen desempeñó también un papel activo durante la contienda. Gracias a su nacionalidad mexicana, ayudó a numerosas personas a refugiarse en la embajada de México, salvándolas de la represión. Algunas versiones incluso le atribuyen actividades de espionaje, lo que habría provocado su detención y una condena a muerte que finalmente no llegó a ejecutarse, posiblemente por la intervención de su familia.
Según su propio testimonio, fue su hermano quien la delató, lo que la llevó a prisión, donde permaneció hasta el final de la guerra. Esta trayectoria vital, marcada por el compromiso, el riesgo y la controversia, contrasta fuertemente con la imagen simplificada y prejuiciosa que circuló en torno a ella en Córdoba.
Con el paso del tiempo, la obra de Julio Romero de Torres ha sido plenamente reconocida como una de las representaciones más singulares y evocadoras de la devoción popular cordobesa. La Virgen de los Faroles, situada en un enclave emblemático, ha trascendido la polémica inicial para convertirse en un símbolo de la ciudad, donde se entrelazan arte, historia y tradición.
Así, esta pintura no solo sustituye a una imagen perdida, sino que encarna una compleja historia en la que convergen la sensibilidad artística de un pintor excepcional, los prejuicios de una época y la fascinante biografía de una mujer cuya vida fue mucho más rica y comprometida de lo que sus contemporáneos quisieron reconocer. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-

Fotografía Virgen de la Asunción que pinto Julio Romero de Torres para el altar del muro norte de la Mezquita de Córdoba. Oleo que se encuentra en el Museo de Julio Romero de Torres.

El cuadro actual de la virgen de los Faroles es del hijo del pintor, Rafael Romero Pellicer.

La niña del cohete. litográfica sobre papel de Julio Romero de Torres, para la que sirvio de modelo Carmen Gabuccio