
Himilce fue una princesa íbera, hija del rey Mucro de Cástulo, una de las ciudades más importantes del Alto Guadalquivir, situada cerca del actual Linares (Jaén). Su figura emerge en el siglo III a. C. en un momento clave de la historia mediterránea, cuando la Península Ibérica se convirtió en uno de los principales escenarios de la pugna entre Cartago y Roma durante la Segunda Guerra Púnica.
El matrimonio de Himilce con el general cartaginés Aníbal fue un pacto político y diplomático. La unión sellaba la alianza entre la poderosa ciudad íbera de Cástulo y Cartago, interesada en asegurar el apoyo de las élites locales para consolidar su dominio en Hispania y garantizar recursos, tropas y estabilidad en la retaguardia antes del gran enfrentamiento con Roma.
Según la tradición, Himilce conoció a Aníbal en el santuario de Auringis (la actual Jaén), un lugar sagrado de gran relevancia religiosa para los pueblos íberos. El matrimonio se celebró en la primavera del 221 o 220 a. C. en el templo de Tanit, la principal divinidad femenina cartaginesa, situado en Qart Hadasht (Cartagena), capital del dominio púnico en Hispania. El ritual simbolizaba tanto la unión de dos personas como la alianza entre dos mundos culturales: el íbero y el púnico.
Sin embargo, el desarrollo de la guerra alteró los equilibrios políticos. A medida que la fortuna militar comenzó a volverse contra Cartago, Cástulo abandonó la alianza cartaginesa y se alineó con Roma, decisión que le permitió conservar privilegios y cierta autonomía tras el conflicto. Este cambio de bando refleja la complejidad de las lealtades locales en Hispania y la habilidad romana para atraer a las élites indígenas.
Himilce murió mientras Aníbal se encontraba en campaña en la península itálica, probablemente durante los primeros años de la guerra. Las fuentes antiguas discrepan sobre el lugar y las circunstancias de su muerte. Algunas tradiciones indican que falleció en Cartago, quizá víctima de una epidemia, mientras que otras sostienen que fue enterrada en su ciudad natal, Cástulo, donde se le habría erigido una estatua funeraria. Esta escultura ha sido identificada tradicionalmente con la conocida estatua íbera que hoy se conserva en la plaza del Pópulo de Baeza, aunque esta atribución sigue siendo objeto de debate académico.
El poeta latino Silio Itálico, en su obra épica Púnica (Libro III), narra la boda de Himilce y Aníbal y presenta a la princesa como una figura noble, prudente y profundamente preocupada por el destino de su esposo y de Cartago. Según este autor, Himilce trató de disuadir a Aníbal de iniciar la guerra contra Roma y, una vez comenzado el conflicto, quiso acompañarlo a Italia, deseo que el general rechazó, dejándola en retaguardia.
De esta unión nació un hijo, Aspar, del que se sabe muy poco, pero cuya existencia refuerza la dimensión dinástica del matrimonio. Aunque el historiador Tito Livio no menciona explícitamente el nombre de Himilce, sí alude a ella cuando escribe que Cástulo estaba tan estrechamente vinculada a los cartagineses que incluso la esposa del propio Aníbal procedía de allí, confirmando indirectamente su origen hispano.
Himilce encarna hoy la figura de una princesa íbera atrapada entre dos potencias imperiales, símbolo de las alianzas, tensiones y tragedias que marcaron el destino de Hispania en la Antigüedad. Su historia, a medio camino entre la historia y la leyenda, refleja el papel político de las mujeres aristocráticas en el mundo antiguo y la profunda huella que la Segunda Guerra Púnica dejó en el sur de la Península Ibérica. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-

Esta cabeza femenina íbera del siglo V a. C., hallada en el santuario del Cerro de los Santos, permite establecer una relación simbólica y cultural muy sugerente con Himilce, princesa íbera de Cástulo y esposa de Aníbal, aunque ambas pertenezcan a momentos distintos del mundo ibérico.
La cabeza refleja los rasgos canónicos de la escultura femenina ibérica: frontalidad, hieratismo, mirada fija y un peinado cuidadosamente elaborado con raya central y recogido lateral. No busca el retrato individual, sino representar un ideal femenino aristocrático, ligado a la nobleza, la religiosidad y el linaje. En el mundo íbero, estas imágenes cumplían una función votiva y simbólica, vinculada a santuarios y rituales.
Himilce, encarna en el plano histórico lo que estas esculturas expresan en el plano simbólico: una mujer de estirpe real, depositaria de legitimidad política y religiosa. Su matrimonio con Aníbal no fue solo una alianza militar, sino también un acto cargado de significado ritual y dinástico, muy acorde con la concepción ibérica del poder femenino.
Aunque Himilce vivió en el siglo III a. C. y esta escultura pertenece al V a. C., existe una continuidad cultural en la representación de la mujer íbera: dignidad y solemnidad, ausencia de dramatismo, fuerte carga simbólica, relación con lo sagrado y el territorio.
Del mismo modo que la Dama de Elche o la Dama de Baza, esta cabeza femenina puede interpretarse como imagen de una sacerdotisa, noble o figura idealizada, no muy distinta del papel que Himilce desempeñó como nexo entre Cástulo y Cartago.
Si la escultura representa a la mujer íbera como guardiana de la tradición y mediadora con lo divino, Himilce lo fue en la historia: una princesa atrapada entre dos mundos —íbero y púnico—, símbolo de la diplomacia, la identidad y la tragedia de Hispania en la Antigüedad.
Así, esta cabeza de piedra y la figura de Himilce dialogan a través del tiempo: una desde el lenguaje silencioso del arte, la otra desde el relato histórico y legendario, ambos testimonios del papel central de la mujer en la cultura ibérica.
Se encuentr en el Museo Arqueologico Nacional (Madrid)