
Campana de campanario de la torre de la Mezquita- Catedral de Córdoba
Historia, privilegio y memoria sonora de Córdoba
Dicen que Córdoba tiene un latido secreto, y que ese latido nace en lo alto de la torre que vigila la ciudad desde hace siglos. Allí habitan entre las demas, las cuatro campanas mayores de la Catedral, voces de bronce que no son solo sonido: son rito, memoria y herida; la respiración profunda de una ciudad que nunca quiso olvidar a los suyos.
Ese latido se forjó en 1368, durante la batalla del Campo de la Verdad, cuando Córdoba se alzó contra el rey Pedro I de Castilla en apoyo de Enrique de Trastámara. Mientras la ciudad combatía, las campanas de la Catedral sonaron en un incesante toque de rogativa, un clamor que mezclaba súplicas, valor y desolación. Aquellas campanas fueron testigo y aliento, acompañando tanto el fragor de la lucha como el silencio final de los muertos.
Cuando la batalla terminó, el Cabildo de la Catedral y el obispo Andrés Pérez Navarro, concedieron un privilegio único:
Cada vez que muriera un descendiente directo de los combatientes cordobeses, las cuatro campanas mayores volverían a doblar en su memoria, replicando el toque que las había acompañado en la gesta del 1368.
A ese toque se le dio el nombre de Doble de Cepa.
No se trataba de una campana concreta —no existe tal campana llamada “la Cepa”— sino de un repique solemne, lento y profundo, capaz de estremecer las callejas empedradas y de hacer temblar las tejas al paso de su bronce. Para unos, el término “cepa” aludía a las campanas dotadas de contrapeso pesado, cuyo movimiento pausado generaba un sonido grave y espacioso. Para otros, era simplemente el nombre del toque de rogativa ejecutado durante la batalla, que por extensión pasó a designar el toque honorífico.
Fuera cual fuese su origen técnico, el Doble de Cepa se convirtió en un rito:
un sonido que descendía desde la torre como un abrazo antiguo,
un eco que buscaba la puerta de la casa donde alguien lloraba a un heredero de aquellos combatientes,
un recordatorio de que los siglos no borran la memoria de Córdoba.
En sus inicios el privilegio era exclusivo para los descendientes varones, pero en 1504 el Cabildo lo extendió también a las mujeres, reconociendo que la memoria no distingue linajes según género.
Generación tras generación, el Doble de Cepa resonó en la ciudad, y su tañido quedó tan ligado al Campo de la Verdad que una de sus calles adoptó ese nombre: Calle Doble de Cepa.
Con el tiempo, sin embargo, la tradición comenzó a desvanecerse. Hacia finales de los años sesenta del siglo XX, el toque dejó de ejecutarse con regularidad, ya fuera por desconocimiento de los beneficiarios o por omisiones en su práctica. No obstante, el privilegio nunca fue abolido y aún hoy, en ocasiones, alguna familia con derecho documentado solicita que las campanas vuelvan a hablar en nombre de sus antepasados.
Uno de los últimos cordobeses en recibir ese honor fue Fernando Fernández de Córdoba y Martel, nacido en 1898 y vecino de la Casa de Góngora, cuyas piedras también guardan siglos de historia. Cuando murió, el sonido del Doble de Cepa volvió a recorrer la ciudad como un hilo de bronce que unía su destino con el de quienes, cinco siglos antes, habían defendido la ciudad de Córdoba.
Hoy, aunque rara vez se oye, el Doble de Cepa sigue siendo un símbolo. Un pacto sellado entre una ciudad y su memoria. Una promesa que duerme en lo alto de la torre. Un rumor antiguo que espera, paciente, a que alguien pronuncie de nuevo su nombre para volver a despertar. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.

Calle del Campo de la Verdad