
Cruz de Rastro actual en la amanecida de Córdoba
El 14 o 17 de abril de 1473, Jueves Santo, una matanza de judíos y conversos tiñó de sangre las calles de Córdoba durante cuatro días.
La revuelta fue desencadenada por el rumor de que unos judíos conversos habían deshonrado a la Virgen en plena procesión de la Hermandad de la Caridad, arrojando desde un balcón un cubo de inmundicias sobre la imagen sagrada. Este hecho, real o ficticio, fue suficiente para encender los ánimos de una población ya crispada por la tensión religiosa y social del momento.
Alonso de Aguilar, gobernador de Córdoba y hermano mayor del Gran Capitán —quien años después moriría en las Alpujarras— intentó detener la revuelta, que era encabezada por su primo y enemigo político, el conde de Cabra. Ambos pertenecían a ramas enfrentadas de la poderosa nobleza cordobesa, y este episodio sirvió como campo de batalla para sus rivalidades personales y familiares. La situación se volvió aún más delicada cuando el obispo de Córdoba, Pedro Fernández de Córdoba y Solier, no solo se negó a apoyar al gobernador, sino que amparó la violencia como una expresión de “justa indignación cristiana”.
El enfrentamiento entre Alonso de Aguilar y el obispo desató una grave crisis en la ciudad. Mientras Aguilar abogaba por restaurar el orden y proteger a los conversos bajo la autoridad real —siguiendo la política de los Reyes Católicos hacia sus súbditos cristianos nuevos—, el obispo y buena parte del clero alentaban el discurso de la limpieza de sangre y la represión religiosa. Este conflicto no solo reflejaba las tensiones entre poderes civiles y eclesiásticos, sino también la lucha por el control del discurso moral en una ciudad donde la frontera entre fe y política era cada vez más difusa.
Al final, la violencia se saldó con la expulsión de los judíos de la ciudad y su confinamiento en el primer gueto establecido en Córdoba: la llamada “Judería”, situada en lo que hoy es el barrio del Alcázar Viejo. Este episodio marcaría un punto de inflexión en la relación entre las autoridades locales y la comunidad conversa, acelerando el proceso de exclusión social que desembocaría años después en la expulsión general de los judíos decretada por los Reyes Católicos en 1492.
Cuenta la leyenda que la sangre de las víctimas formó una estela en el suelo, creando un pequeño riachuelo que dejó marcado un rastro hasta una llanura a orillas del río Guadalquivir. Como fue en el seno de la Hermandad de la Caridad donde se originó la revuelta, sus miembros decidieron conmemorar el hecho con una lápida en el patio del convento de San Francisco y la instalación de una cruz de madera, como recuerdo de la masacre que sacudió la ciudad. Aquel lugar pasó a conocerse como la Cruz del Rastro. Soledad carrasquilla Caballero. sccc.-