Francisco González “Panchón”, el Hércules cordobés del toreo

Pintura de Carol Levi. Cuadro al óleo sobre lienzo.
En el corazón del antiguo barrio del Matadero Viejo, donde aún huele a cuero curtido y solera antigua, vino al mundo el 4 de octubre de 1784 un hombre que habría de ganarse, con fuerza de brazo y pundonor, un nombre entre los ecos de la historia taurina de Córdoba: Francisco González Díaz, al que todos conocerían como “Panchón”. Dicen que su apodo nacía del color de su rostro, tostado como el pan moreno que en aquellos tiempos llamaban, precisamente, panchón.
Desde niño mostró una complexión poderosa, de esas que no se forjan en gimnasios ni academias, sino en el pulso diario con la vida. Con apenas doce años, bajo el ala del legendario Pedro Romero, debutó en la plaza de Ronda, ese templo donde se mide el valor con la muerte. Más tarde, su propio hermano, José Romero, lo sumó a su cuadrilla como banderillero. En 1814 se unió al sevillano José María Inclán, quien lo hizo matador de toros en Córdoba el 22 de mayo de 1815. Años después, el 29 de mayo de 1820, recibiría el doctorado en Madrid, de manos del maestro Antonio Ruiz “El Sombrerero”.
La historia guarda con tinta de leyenda lo sucedido el 14 de julio de 1828, en plena plaza de Madrid. Un toro, ya herido de muerte, volvió sobre sus pasos y se lanzó sobre Panchón, que se hallaba desarmado. Dos versiones corren entre aficionados y cronistas: una dice que, al ver la embestida inminente, Panchón se impulsó con los brazos sobre el pitón derecho del animal, giró sobre sí mismo y escapó milagrosamente del peligro. La otra relata que, acorralado contra la barrera, se aferró a los cuernos del toro y, con la espalda pegada a las tablas, logró abrirse paso a fuerza bruta, como si fuera un titán enfrentado al coloso. Sea como fuere, la escena conmovió al mismísimo Fernando VII, presente en la plaza, quien lo felicitó y le premió con cien ducados.
Pero la vida del torero no fue solo gloria. En 1829, toreando en Cádiz, un puntazo en la rodilla lo dejó fuera de los ruedos. Durante su recuperación trabajó como administrador de sales y conductor de correos. Volvió a empuñar la muleta en 1836, pero ya no era el mismo. Las facultades menguadas, el peso de los años y las heridas invisibles le impedían brillar como en sus tiempos mozos.
La fatal cornada llegaría el 28 de agosto de 1842, en Hinojosa del Duque, Córdoba. El toro “Bragao”, del Marqués de Guadalcázar, le hirió de muerte al entrar a matar: una cornada en el vientre, con salida de intestinos, selló su destino. Aquel titán del ruedo moriría meses después, el 8 de marzo de 1843, a los 59 años.
No fue un maestro refinado del toreo, pero sí un símbolo de fuerza, de arrojo y de orgullo andaluz. Su fama cruzó comarcas y caminos, y sus gestas –a veces más propias de un héroe homérico que de un torero– le valieron el apodo de “el Hércules del toreo”. Se cuenta, por ejemplo, que en una corrida en Córdoba, un toro lo sorprendió a bocajarro y él, sin pensarlo, le asestó un puñetazo tan certero que logró desviar su embestida. Pocas hazañas hay en los anales taurinos con tal mezcla de instinto, músculo y coraje.
Fue, sin duda, el primer matador cordobés de gran relieve. Corpulento, de movimientos quizá algo rudos, pero sabiendo ceñirse al toro con verdad, y ganándose el respeto de un público que veía en él al hombre que podía vencer al toro por pura voluntad.
Hoy, una calle en Córdoba lleva su nombre. Y aunque los pasos de “Panchón” se hayan perdido en la bruma del tiempo, su leyenda aún resuena donde el toreo se recuerda con pasión y memoria. Soledad carrasquilla Caballero. sccc.-