
Representación en metal de Osio con la vestidura episcopal que posiblemente vistiera Higinio.
Higinio de Córdoba: un obispo entre la ortodoxia y la herejía
Higinio de Córdoba fue un prelado destacado en la historia eclesiástica de la Hispania romana, que ocupó la sede episcopal de Córdoba entre los años 358 y 387, sucediendo al influyente Osio de Córdoba, uno de los grandes protagonistas del Concilio de Nicea y consejero espiritual de Constantino el Grande. Su episcopado se desarrolló en una época convulsa, marcada por intensas disputas doctrinales y por el auge de movimientos considerados heréticos, entre ellos el priscilianismo, que tuvo una notable difusión en la Bética y la Gallaecia.
Tras la larga y prestigiosa etapa de Osio, la Iglesia cordobesa había adquirido una autoridad moral y doctrinal de primer orden en Hispania. Sin embargo, con la llegada de Higinio, la comunidad cristiana entró en una fase más incierta. Su gobierno coincidió con un periodo de crisis religiosa y política, en el que las relaciones entre el poder imperial y la Iglesia se tornaron especialmente delicadas.
El Imperio, tras la muerte de Constantino, se hallaba dividido entre distintas ramas de la dinastía, y las controversias teológicas —como el arrianismo, el luciferianismo y el priscilianismo— fragmentaban la unidad eclesial. En ese contexto, el papel de los obispos adquiría una dimensión tanto religiosa como política.
El priscilianismo surgió en el siglo IV en Hispania, impulsado por Prisciliano de Ávila, un obispo culto que defendía una vida ascética, el estudio privado de las Escrituras y la búsqueda de una espiritualidad interior. Su movimiento combinaba elementos cristianos con influencias gnósticas y maniqueas, lo que lo convirtió en una corriente sospechosa para la jerarquía eclesiástica.
Cuando esta doctrina comenzó a difundirse por la Bética, Higinio adoptó una actitud más prudente y tolerante que otros obispos. A diferencia de Hidacio de Mérida, quien vio en el priscilianismo una amenaza grave para la ortodoxia, Higinio prefirió evitar enfrentamientos abiertos. Esa posición ambivalente le granjeó críticas por parte de los sectores más intransigentes.
Aunque colaboró en la represión de los luciferinos, seguidores de Gregorio de Elvira, Higinio no mostró la misma energía contra los priscilianistas. Su ausencia en el Concilio de Zaragoza de 380, donde se abordó precisamente este problema, fue interpretada como un gesto de desinterés o incluso de complicidad.
Según el historiador Sulpicio Severo en su Crónica, Higinio fue amonestado por no excomulgar a los priscilianistas y acusado formalmente de herejía por Hidacio. Sin embargo, no existen pruebas de que Higinio compartiera las doctrinas de Prisciliano; más bien parece que trató de actuar como mediador en un conflicto donde los límites entre ortodoxia y disidencia eran difusos.
El emperador Magno Máximo, decidido a erradicar la herejía, convocó en Tréveris (actual Trier, Alemania) un juicio en los años 384-385 contra Prisciliano y sus seguidores. Higinio fue llamado a comparecer ante el tribunal imperial. Allí, según testimonios de San Ambrosio de Milán, fue tratado con dureza e incluso humillado por los jueces, pese a su avanzada edad. San Ambrosio, profundamente conmovido, escribió sobre el sufrimiento del anciano obispo cordobés, víctima de las tensiones entre el poder político y la autoridad eclesiástica.
Tras el proceso, Higinio fue condenado al exilio, una pena que agravó su salud y puso fin a su ministerio. Falleció poco después, hacia el año 387, probablemente como consecuencia de las privaciones y el desgaste físico y moral sufridos durante su destierro.
La figura de Higinio de Córdoba encarna las contradicciones del cristianismo hispano del siglo IV. Su aparente tibieza frente al priscilianismo ha sido interpretada por algunos autores como prudencia pastoral, y por otros como debilidad doctrinal. Lo cierto es que su vida refleja el difícil equilibrio entre fidelidad a la ortodoxia y comprensión hacia las nuevas formas de espiritualidad que surgían en el seno del cristianismo tardoantiguo.
Además, Higinio simboliza el fin de una era: la transición entre la Iglesia triunfante y respetada que representó Osio de Córdoba, y una Iglesia dividida, sometida a las presiones del poder imperial y a las tensiones internas de la cristiandad hispana.
Su memoria quedó marcada por la tragedia de Tréveris, donde, según las palabras de San Ambrosio, “el anciano obispo de Córdoba sufrió por la verdad más que muchos que pretendieron defenderla”.
La principal fuente contemporánea sobre Higinio es Sulpicio Severo, cuya Crónica y Vida de San Martín constituyen los testimonios más antiguos sobre el priscilianismo y la intervención imperial en los asuntos eclesiásticos. Sulpicio menciona expresamente la actitud de Higinio y su comparecencia ante el tribunal de Magno Máximo.
También San Ambrosio de Milán, en sus Epístolas (especialmente la Ep. XXIV), alude con compasión al anciano obispo cordobés, lamentando el trato recibido por parte de las autoridades imperiales. Otros autores tardoantiguos, como Hidacio de Mérida en su Crónica, mencionan a Higinio en tono crítico, considerándolo un ejemplo de la indulgencia episcopal frente a la herejía.
En la historiografía moderna, la figura de Higinio ha sido analizada por diversos especialistas:
Claudio Sánchez-Albornoz, en su obra Cristianismo y Priscilianismo en la Hispania Romana, lo describe como “un testigo del desgaste espiritual del siglo IV”, representando la transición entre el ideal niceno y el pluralismo doctrinal posterior.
Antonio García y Bellido y Ramón Teja, en sus estudios sobre la Iglesia hispana tardoantigua, destacan la prudencia de Higinio frente al extremismo de Hidacio, subrayando su intento de preservar la unidad eclesial sin recurrir a la violencia.
En tiempos más recientes, José María Blázquez Martínez lo considera una figura “intermedia”, reflejo de las tensiones entre la autoridad romana y las particularidades locales de las comunidades cristianas hispanas.
Gracias a estos testimonios, Higinio de Córdoba se ha convertido en un símbolo de la Iglesia dialogante de la Antigüedad tardía, que trató de mantener la concordia entre fidelidad doctrinal y comprensión humana, en una época en la que la ortodoxia se confundía fácilmente con la política imperial. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
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