
fachada ermita de la Aurora.
La ermita de la Aurora en Córdoba fue inaugurada el 1 de abril de 1725.
Esta capilla fue sede de la Hermandad de Nuestra Señora de la Aurora, que alcanzó gran fama en la ciudad gracias a los rosarios ricamente adornados, especialmente por los faroles que rodeaban la imagen de la Virgen. El templo se levantó adosado al lienzo de la muralla andalusí de la Axerquía, con basamentos de origen romano, en la actual Calle San Fernando, popularmente conocida como Calle de la Feria.
La construcción de la ermita tuvo su origen en un Rosario nocturno instaurado por unos niños, inspirado en el Rosario de la Aurora, probablemente más por entretenimiento que por devoción. Al conocerlo, algunos adultos decidieron organizarlo de manera más formal y, tras una reunión celebrada en el Hospital de Peregrinos el 8 de septiembre de 1716, fundaron la Hermandad de la Aurora. La prontitud con la que actuaron fue tal que, tras encargar al escultor la talla de la Virgen, se encontraron con que ya tenían la imagen… pero no un altar donde situarla.
Gracias a la cesión de unos terrenos realizada por doña Francisca del Corral y Mesa, marquesa viuda del Villar, y por don Antonio de la Cruz Pastor, y tras firmarse la escritura de donación el 8 de febrero de 1718, las obras comenzaron apenas dos días después. Se prolongaron durante siete años, hasta el 17 de marzo de 1725. La Hermandad apenas contaba con 250 reales, mientras que el coste estimado ascendía a 50.000, por lo que parecía improbable culminarlas. Sin embargo, los fondos se lograron mediante diversas vías: 4.208 reales abonados por el Ayuntamiento a cambio de colocar altares durante las procesiones del Corpus Christi entre 1718 y 1723; 1.802 reales recaudados en una función teatral organizada por aficionados; y 5.798 reales procedentes de tres corridas de toros en beneficio de la obra. A estas cantidades se sumaron limosnas y donaciones, así como la buena gestión y honradez de la cofradía, en especial de su Hermano Mayor. De este modo, las obras se completaron con un coste final de 35.236 reales —muy por debajo de la previsión inicial—, lo que permitió destinar 4.000 reales a la construcción del retablo mayor.
Concluido el templo, restaba su bendición. El obispo, sin embargo, dudaba de la capacidad de la Hermandad para mantenerlo en el tiempo y se negó a autorizarla. Fue entonces cuando los cofrades, mediante escritura notarial redactada por don Alonso Laguna y Santana —también cofrade—, se comprometieron a sostener las reparaciones de la ermita con los bienes de la Hermandad y, si fuese necesario, con los propios.
Años después, Ramírez de Arellano, en su obra Paseos por Córdoba (1873), escribía:
“Esta fervorosa hermandad ha cumplido fielmente sus compromisos. Su iglesia no sólo es de las mejor conservadas de Córdoba, sino que en ella es muy continuo y solemne el culto. El rosario de la Aurora era el más lucido de cuantos salían en Córdoba, y llamaban justamente la atención las farolas que rodeaban la imagen, obras notables de hojalatería, tanto por sus colosales dimensiones —pues en algunas cabía un hombre de pie— como por la multitud de labores formadas de cristales, siendo tal su peso que los hermanos que las llevaban tenían necesidad de usar unos correones, en los cuales descansasen los palos o astas.”
La ermita permaneció en pie hasta el 20 de febrero de 1960, cuando, debido a su estado ruinoso, se derrumbó de manera repentina. El estruendo estremeció a los vecinos de la calle San Fernando, que salieron alarmados de sus casas entre el miedo y el asombro, viendo cómo uno de los templos más queridos de la zona se venía abajo como si se tratara de un castillo de arena. Afortunadamente, no hubo que lamentar víctimas, aunque el derrumbe dejó un profundo vacío en la memoria del barrio.
Tras la catástrofe, las imágenes y enseres de la Hermandad fueron repartidos, algunas imagines se trasladaron a la iglesia de San Francisco, mientras que otras piezas menores quedaron custodiadas en casas particulares hasta que con el tiempo se perdieron su rastro.
Durante décadas, el solar quedó abandonado y en silencio, convertido en un recuerdo doloroso para los vecinos más mayores. No fue hasta diciembre de 1998 cuando la Empresa Municipal de Viviendas acometió una rehabilitación del espacio, conservando parte de la portada y el lienzo original. Hoy se sigue debatiendo qué destino darle al solar: si mantenerlo como simple espacio recuperado o si transformarlo en un lugar de memoria para recordar la Hermandad y la devoción de aquel barrio que, hace tres siglos, levantó con tanto esfuerzo su templo.
De la antigua iglesia se conserva un tramo del lienzo de la fachada este con la portada original. Esta presenta un arco de medio punto enmarcado por un alfiz, coronado por un frontón curvo partido, sobre el que se alza una hornacina flanqueada por pilastras y rematada por un frontón triangular con acroteras, pirámides con bola y una cruz central.
En el interior del recinto sobrevive un arco como testimonio de la desaparecida techumbre y, en su lateral oeste, se aprecia la muralla romana del este de la ciudad, a la que estuvo adosada la ermita. Soledad carrasquilla Caballero. sccc.-

Portada de la ermita de la Aurora, en la calle de la Feria, antes de su hundimiento

Ermita derrumbada.

Interior de la ermita de la Aurora. Archivo Municipal

Interior de la ermita de la Aurora.

Porta de la ermita de la Aurora.

Su recinto se ha utilizado para conciertos, proyecciones de cine y mercadillos dominicales. Con el desprendimiento de la muralla, está a la espera de la actuación prometida por la Gerencia de Urbanismo y la recuperación de la decoración de que la dotó el artista José María Báez, con unos versos de las ‘Letanías a las glorias de Córdoba’ de Pablo García Baena:
Hermosa sí lo eras pero ruin y turbia.
Y te invoqué de lejos cuando me preguntaron,
llorándote perdida y te rogué, sumiso
amante que ya teme leteos de la noche,
y espera el abandono y es el ascua del celo
como garra de cólera, adunco sacre torvo
que el corazón rasgara goteante en balajes.
Bella sí y deseada. Pero yo te hice mía
y te muré en diamante, lapidario que talla
en boato palabras para aderezo tuyo,
sabiendo de tus urnas caducas de soberbia,
de tus lúbricas ovas ahogando linfas claras.
Mas en el duro jaspe se inscriben nuestros nombres
para siempre, nupciales, los vínculos esdrújulos,
mientras te yergues fría y desnuda en la almena
de aquel celso muro. .