
Escultura de Juliano el Apostata del año 361 o 400 que se encuentra en el museo francés de Cluny.
Juliano II o, como fue apodado por los cristianos, Juliano el Apóstata se erige como uno de los últimos intentos de resistencia pagana frente al avance del cristianismo en el Imperio Romano. Su crítica a la nueva fe no solo se fundamentaba en la supuesta pérdida de la belleza y profundidad de los antiguos cultos, sino también en lo que él percibía como un plagio de las tradiciones religiosas previas.
En su testimonio, Juliano denuncia que «la poesía desapareció con el culto del judío muerto». Aquí se advierte su percepción de que el cristianismo, con su énfasis en la literalidad de los textos sagrados y su rechazo a la mitología clásica, había desplazado la riqueza simbólica y alegórica de las religiones tradicionales. En su opinión, los cristianos transformaban los antiguos relatos en dogmas inamovibles, sustituyendo el arte y la creatividad de los mitos por una doctrina rígida y uniforme.
El emperador observa con desdén cómo el cristianismo incorpora y transforma festividades y símbolos de las antiguas religiones. El uso de la tonsura, la denominación de «padres» para los sacerdotes y la apropiación de títulos como «salvador» y «curador»—propios de Asclepio—son, según Juliano, intentos deliberados de los cristianos para presentarse como una continuación legítima de cultos más antiguos y venerados.
El caso de Mitra resulta particularmente relevante en su argumentación. Este dios solar, adorado especialmente entre los soldados romanos, contaba con ritos de iniciación y una liturgia que incluía un alimento simbólico. La referencia a la frase de Zaratustra: «Aquel que coma de mi cuerpo y beba de mi sangre, se hará uno conmigo y yo con él; el mismo conocerá la salvación»—dicha supuestamente seis siglos antes del nacimiento de Jesús—, refuerza la acusación de Juliano sobre la apropiación cristiana de elementos paganos. Para él, la nueva religión no es más que una amalgama de creencias previas, desprovistas de su esencia original y utilizadas con fines de dominación.
“Transforman las deidades locales en santos. Nos quitan nuestros ritos de misterio, en particular el de Mitra. Los sacerdotes de Mitra son llamados «padres». Así los cristianos llaman «padres» a sus sacerdotes. Incluso imitan la tonsura, esperando impresionar a los nuevos conversos con los adornos familiares de un culto más antiguo. Han empezado a llamar al Nazarenos «salvador» y «curador». ¿Por qué? Porque uno de nuestros más amados dioses es Asclepio, al que llamamos salvador y curador».
Cuando Zaratrustra fue asesinado mientras moría dijo: «Que Dios os perdone tanto como yo».
Los galileos no han dejado de robarnos ninguna de nuestras cosas sagradas. La principal preocupación de todos sus concilios es tratar de dar algún sentido a todos sus robos.
Los cristianos sostienen la verdad literal del libro escrito sobre el Nazareno mucho después de su muerte.
Los cristianos han incorporado con astucia en sus ritos la mayoría de los elementos de los misterios de Mitra, Démeter y Dionisios. La moderna cristiandad es una enciclopedia de las supersticiones tradicionales.
Fue Mitra quien nació un 25 de diciembre, mientras los pastores observaban. Y es al final del tiempo cuando tendrá lugar el día del juicio cuando todos saldrán de sus tumbas y el mal será destruido mientras el bien vivirá para siempre en la luz del sol. Tal y como dicen ahora los galileos. No veo una diferencia esencial entre la historia de Mitra y su secuela cristiana.
La crítica de Juliano no se limita a cuestiones rituales, sino que también aborda el concepto cristiano de la vida después de la muerte. «¿Por qué es tan importante perdurar después de la muerte?», se pregunta, argumentando que el temor a la inexistencia es irracional, pues antes de nacer tampoco existíamos y no sufrimos por ello. Su visión refleja una postura filosófica más cercana al estoicismo y al epicureísmo, donde la muerte no es más que un retorno a la nada.
En un intento por revitalizar las antiguas tradiciones, en el año 362 Juliano envió un emisario a Delfos con la esperanza de restaurar el oráculo, símbolo máximo de la conexión entre los dioses y los hombres. Sin embargo, la respuesta que recibió fue desoladora:
“Di al rey que la gran casa ha caído.
Apolo ya no tiene su morada, ni brotes de laurel sagrado;
Las fuentes están silenciosas, las voces están calladas”.
Este mensaje, impregnado de fatalismo, representa el reconocimiento de que el mundo antiguo estaba llegando a su fin. Con la expansión del cristianismo y la institucionalización de su culto como la religión oficial del Imperio, los templos paganos fueron cerrados o reconvertidos, los antiguos ritos prohibidos y las escuelas filosóficas perseguidas. El sueño de Juliano de restaurar la grandeza de la religión grecorromana fue efímero, pero su legado pervive en la historia como el último intento de resistir el avance de la nueva fe. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-