
El día 7 de enero de 891 en el Alcázar Omeya, Muzna alumbraba al que sería el último hijo de Muhammad, príncipe y sucesor del emir Abd Allah, la rumí (en andalusí romana, cristiana o vascona), había sido criada o tal vez nacida en Córdoba para los harenes reales; ahora, ascendía en su categoría dada la condición de varón de la criatura, a quien impusieron el nombre de Abderramán (siervo de Dios) ibn-Muhammad.
El tercero de este nombre, llamado a ser instaurador del Califato de Córdoba, heredó también parte del trágico destino del primero, El Inmigrado. Tenía apenas 20 días cuando su padre, tras ser encarcelado, fue asesinado de una paliza a manos de su hermanastro y pretendiente al trono, Al-Mutarrif, quizá instigado por el propio emir, temeroso de alguna revuelta sucesoria auspiciada por los propios hijos. Sea como fuere, el abuelo cumplió con los dogmas religiosos, acogiendo a las mujeres de Muhammad en su harén y mostrando predilección por el nieto. Prueba de ello es que Abderramán creció bajo la custodia de su tía carnal, la Señora del harén, recibiendo la exquisita educación que maestras y sabias procuraban a los nobles, hasta los 13 ó 14 años en que su formación pasaba a manos de maestros varones.
Durante el tránsito hacia la juventud, siguió contando con el beneplácito de su abuelo Abd Allah; en algún acto oficial, llegó a situarlo junto a él, otorgándole el anillo sucesorio, públicamente y antes de morir, a pesar de contar con hijos varones. No fue tan relajada la relación con la Señora, de quien se cuenta que llegó a maltratarlo físicamente, si bien lo encauza hacia el estudio y las reglas del Corán, alejándolo de la vida regalada y otras distracciones propias de su edad y condición. Así llegó a los 21 años y al 16 de octubre de 912, fecha en que se celebró el solemne acto de juramento con un buen número de súbditos; los parientes vistiendo atuendo blanco para los funerales y el luto por Abd Allah, que estrenaba mausoleo en la Rawdat , el cementerio de los Omeyas, enterrado junto al Campo de los Santos Mártires.
Abderramán III heredaba también intrigas, que atajó de forma tan drástica: luchas intestinas, ciudades díscolas desde Évora a Écija o de Niebla a Sevilla; enemigos cristianos como Ramiro II o la pesadilla de su dinastía: el rebelde Umar ben Hafsun, repechado en Bobastro y amo de una buena parte de la costa oriental andaluza. Todo había quedado atajado cuando en noviembre de 928 fundó la Ceca, comenzando a acuñar los dirhemes de plata y los dinares de oro, como paso previo a su proclamación como califa, un año después. Abderramán toma el sobrenombre de al-Nassir li-din Allah (el victorioso en el nombre de Dios) convirtiendo a Córdoba en capital del Califato, núcleo geográfico, político y cultural de un Al- Ándalus que, ya pacificado, abarcaba las tres cuartas partes de la Península.
Con aquel rey cordobés – extranjero y relegado de las dinastías monárquicas para la Historia oficialista -su ciudad sólo tuvo parangón con las míticas Bagdad o Constantinopla; arrebatando al califato Abbasí, autores del derrocamiento Omeya en Damasco- la primacía de su capitalidad, sin competidora tampoco en el resto de una Europa gris.
Sus más grandes construcciones fueron la tercera ampliación de la Gran Mezquita Aljama el alminar (que hoy cubre la torre cristina) o el palacio y la medina de Zahra, a donde trasladó la corte, ambas concluidas por su hijo y heredero Alhakem II; sus más altos logros fueron ese millón de habitantes -que los estudios arqueológicos comienzan a verificar- las 1.500 mezquitas, los casi 700 baños públicos, las 300.000 viviendas, las casi 80 bibliotecas públicas, las madrazas y universidades que albergaron a los mejores traductores, científicos, músicos o poetas, que tuvieron en Córdoba una ciudad de acogida, proyección y formación.
Una vez asentado su reino y su poder, quizá como desquite a la austeridad de la juventud junto a su tía, relajó sus costumbres. Entregado al vino y los placeres, en noches de zambra. Su gestión había recaído ya en Alhakem II, su hijo y de la esclava cristiana Marchán, una de sus esposas, elegida entre las 6.000 de su harén. Por alguna de ellas, sintió tal ardor que «abandonaba la batalla para correr a sus brazos». Así sucedió con la primera, Fátima, hasta una noche en que la solicitó y Marchán le compró la visita a las estancias. Apareció bajo los velos, procurando tal agrado al califa, que cuando descubrió el engaño en lugar de castigarla, la convirtió en su favorita. La joven Mustaq, madre de otro de sus hijos, alegró sus últimos días mientras la mítica Azahara nunca pasó de ser pura leyenda y literatura.
El primer califa de Córdoba murió el 15 de octubre de 961, en su palacio de Zahra, asistido por su médico, Hasday Ibn Saprut. Dejó el diario de sus 70 años vividos y una confesión: sólo 14 días de su larga existencia fueron felices.
Cuado en el que Abderramán III recibe al embajador de Otto I, el monje Juan de Gorze en Medina Azahara.