
Esta espada fue trofeo de Guerra de la batalla de Lucena en 1483 y entrega como regalo a Pedro Fernández de Córdoba, vencedor de Boabdil en aquella contienda, por el rey Católico. Estuvo depositada en el palacio de Viana de Córdoba hasta que una descendiente del Conde de Cabra, la marquesa de Viana la dona a la corona española.
El exilio de Boabdil y la espada del último rey de Granada
El 1 de octubre de 1493, Muḥammad XI, miembro de la dinastía nazarí, conocido por los castellanos como Boabdil —y llamado por los cronistas árabes al-Zugabí (الزغابي), “el Desdichado”—, emprendió su último viaje. Aquel día embarcó en el puerto de Adra (Almería) rumbo a Fez, en el Magreb al-Aqsa (Marruecos), acompañado de su madre Aixa Fátima (Aixa al-Horra), dos de sus hijos —Áhmed y Yúsef—, su hermana, y un séquito de cerca de mil setecientos fieles que habían decidido seguirle al exilio.
Atrás quedaba el Reino de Granada, último bastión del islam en la península ibérica, y con él, todo cuanto había definido su vida: su corte, su fe, sus palacios y, sobre todo, Morayma, su esposa, la única mujer a la que amó, fallecida poco antes y sepultada en tierra granadina. También dejaba a su hija Aixa, que había quedado bajo la tutela de Fernando el Católico, en un gesto que simbolizaba tanto la derrota como la sumisión del linaje nazarí ante la nueva monarquía castellana.
El exilio de Boabdil fue la última escena de un largo drama. Tras entregar las llaves de la Alhambra el 2 de enero de 1492, vivió un tiempo en Láujar de Andarax, en la Alpujarra, donde conservó un pequeño señorío otorgado por los Reyes Católicos. Sin embargo, las tensiones políticas y la vigilancia constante hicieron imposible su permanencia, y finalmente se le permitió abandonar la península al año siguiente.
Su travesía hacia el norte de África marcó el fin de ochocientos años de presencia musulmana en al-Andalus. En tierras de Fez, Boabdil fue recibido con honores por el sultán wattásida Muḥammad al-Shaikh, quien le concedió tierras y una residencia en las cercanías de la ciudad. Allí viviría hasta su muerte, en fecha incierta —probablemente en torno a 1533—, según algunas crónicas, combatiendo en una expedición militar en el norte del Magreb.
Entre los símbolos más poderosos de su derrota se encuentra la espada que Boabdil entregó tras su captura en la batalla de Lucena, el 21 de abril de 1483, cuando, en un intento de incursión por la campiña cordobesa, cayó prisionero de las tropas castellanas al mando de Diego Fernández de Córdoba, conde de Cabra. Aquella espada, ricamente decorada y con inscripciones árabes, fue trofeo de guerra y posteriormente regalada por los Reyes Católicos al propio conde de Cabra, en reconocimiento a su victoria.
La pieza permaneció durante siglos en el Palacio de Viana (Córdoba), residencia de sus descendientes, como una de las reliquias más preciadas de la historia de la Reconquista. Finalmente, una descendiente del linaje, la marquesa de Viana, donó la espada a la Corona Española, pasando a formar parte de la colección del Museo del Ejército, hoy custodiada en Toledo.
Así, el arma que un día blandió el último rey de Granada —símbolo del fin de un mundo y del nacimiento de otro— descansa ahora lejos del Darro y del Genil, pero sigue siendo testigo silencioso de aquella jornada en que Boabdil “el Desdichado” abandonó para siempre las tierras donde reinó. Soledad Carrasquilla caballero. sccc.-