
«Un vaso de veinticuatro
exige repetición,
que con dos entro en la Gloria
con el permiso de Dios»
El vino de «veinticuatro» se llamaba así porque costaba veinticuatro céntimos el vaso, el doble y algo más que los vinos más comunes de taberna que solían valer una perra gorda —diez céntimos de peseta—. Este nombre popular no hacía referencia ni al grado alcohólico ni al tipo de uva, sino a su precio y calidad percibida: era un vino más viejo, de mejor crianza, más oscuro y aromático, que había reposado en barrica y no en tinaja abierta.
Se trataba, generalmente, de vinos generosos andaluces, especialmente de la campiña cordobesa, de Montilla o Moriles, aunque también podían encontrarse crianzas de otras zonas. En las tabernas tradicionales se pedía de viva voz: “¡Pónme uno de veinticuatro!” —y el tabernero, sin preguntar más, servía en vaso grueso aquel vino fuerte, cálido, con cuerpo y solera, destinado a quienes entendían y pagaban por lo bueno.
Durante buena parte del primer tercio del siglo XX, esta denominación informal convivió con otras como «vino de perra chica» (cinco céntimos), «de perra gorda» (diez), o incluso el «de duro» (cinco pesetas, ya botella entera). Estos términos revelan no sólo la economía del vino cotidiano, sino la importancia social y cultural del consumo en tabernas, ventas y colmaos.
El vino de veinticuatro, por tanto, era algo más que un precio: era un gesto de distinción dentro de lo popular, el pequeño lujo del jornalero en día de paga, del aficionado al cante o del viejo parroquiano que sabía paladear la crianza, como quien escucha una seguiriya despacio, sabiendo que cada trago tiene memoria. Soledad Carrasquilla Caballero. sccc.-
